En Cuba, sin petróleo ajeno no hay revolución ni vida

En Cuba, sin petróleo ajeno no hay revolución ni vida

Del subsidio soviético al control del petróleo venezolano, y ahora al vacío

Durante más de seis décadas, el régimen cubano sobrevivió gracias a rentas externas que compensaron su incapacidad productiva. Primero la Unión Soviética, luego Venezuela. El colapso del chavismo deja a La Habana sin sostén material y expone el error estructural de un modelo basado en repartir antes de producir. No es una crisis coyuntural: es el agotamiento definitivo de una dependencia histórica.

Cuba no entra hoy en crisis: vuelve a su estado natural cuando se le agota el subsidio externo. Tras la caída de la Unión Soviética, el régimen sobrevivió a duras penas hasta que, en 1999, Hugo Chávez le entregó a Fidel Castro lo que no había logrado con la guerrilla en los años sesenta: acceso estable y político al petróleo venezolano. Ese flujo energético y financiero sostuvo durante un cuarto de siglo a un Estado improductivo, autoritario y estructuralmente dependiente. Hoy, con Venezuela colapsada e incapaz de seguir financiando a La Habana, Cuba no enfrenta un bloqueo renovado, sino el agotamiento de su último respirador artificial.

Ese esquema de dependencia no fue una desviación del proyecto revolucionario, sino su condición de posibilidad. Desde 1959, el régimen cubano organizó su supervivencia en torno a la captura de una renta externa que sustituyó su la capacidad productiva interna que destruyó. La URSS primero; Venezuela después. En ambos casos, el patrón fue idéntico: alineamiento político a cambio de energía, divisas y oxígeno fiscal. Mientras esa renta existió, el sistema resistió. Cuando se agotó, la retórica se intensificó y la escasez se volvió permanente.

La diferencia actual es que no hay un tercer benefactor a la vista. Rusia ya no subsidia; China invierte con cautela y exige retornos; Irán aporta cooperación marginal, no sostenimiento. Cuba llega a este punto sin margen geopolítico, sin capacidad de chantaje ideológico y sin atractivo económico. Lo que queda es un Estado que administra penuria como si fuera soberanía.

Miguel Díaz-Canel no encarna una etapa nueva, sino la cristalización del agotamiento. No gobierna: gestiona carencias. No decide: reproduce consignas heredadas. Su figura carece de densidad política propia porque el sistema que lo produce ya no genera liderazgo, solo obediencia burocrática. Cuando habla de resistencia, no convoca; cuando promete sacrificios, no persuade. La épica se ha quedado sin audiencia porque la supervivencia cotidiana ha desplazado cualquier ficción histórica.

La respuesta del régimen ha sido previsible: más control, más represión selectiva, más militarización del discurso. No por temor a una invasión externa, sino por falta de instrumentos económicos para ofrecer estabilidad mínima. Cuando no hay crecimiento ni expectativas, el control sustituye a la política. La represión no es un exceso: es el último recurso de un modelo que ya no puede comprar lealtades.

Cuba

El Estado cubano administra la penuria como si fuera soberanía

El embargo vuelve entonces como coartada automática. Pero incluso ahí el relato se resquebraja. El embargo existía cuando fluía el petróleo soviético y venezolano. Existía cuando Cuba recibía miles de millones en subsidios energéticos. No impidió la supervivencia del régimen mientras hubo renta externa. Su peso actual es real, pero no explicativo. El problema central no es la sanción, sino la insolvencia estructural de un modelo que nunca aceptó reformarse porque siempre encontró quién lo financiara.

petróleo venezolano

En el fondo, todo este colapso reiterado tiene un origen más simple y más profundo: el error fundacional del socialismo real, consistente en repartir antes de producir, y en asumir que la distribución puede sustituir indefinidamente a la creación de riqueza. Esa premisa nunca se ha verificado en la historia. No en la Unión Soviética, no en Europa del Este, no en Cuba, no en Venezuela. La promesa de justicia social se construyó sobre una base material inexistente, compensada durante décadas con subsidios externos.

Al eliminar incentivos, propiedad e iniciativa, el modelo cubano destruyó su propia capacidad productiva. Lo que siguió fue administración de escasez, no desarrollo. Mientras hubo algo que repartir, el sistema pudo simular cohesión. Cuando ya no hubo nada, emergió la verdad estructural: sin producción no hay reparto posible, y sin reparto el control político se convierte en coerción desnuda.

Cuba y Venezuela no son anomalías aisladas, sino variaciones del mismo error. En ambos casos, el socialismo se construyó sobre la premisa de repartir antes de producir, de subordinar la economía a la lealtad política y de sustituir productividad por renta extraordinaria.

En Cuba, esa renta llegó de Moscú y luego de Caracas; en Venezuela, del petróleo propio administrado como botín ideológico. El desenlace es el mismo: cuando se agota la renta —ajena o propia—, el modelo queda desnudo. Cuba llegó primero y sobrevivió gracias a Venezuela; Venezuela llegó después y sostuvo a Cuba mientras pudo.

Hoy ambos enfrentan la misma pared en tiempos distintos. No es una tragedia importada ni una conspiración externa. Tampoco se trata del fracaso de una coyuntura ni de un liderazgo puntuales. Es la consecuencia previsible de un sistema que confunde justicia con reparto y soberanía con dependencia.

La historia no los castiga por resistir, sino por no producir. Por destruir los medios de producción. Sin petróleo ajeno, ya no hay revolución que administrar ni vida que sostener. Y ningún discurso heredado puede cambiar esa realidad.

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