En septiembre de 2026, Turhan Mildon, un empresario turco de 29 años, se casó en Nueva York con Alina Habba, de 42 años, la ex abogada personal del presidente Donald Trump. La ceremonia, celebrada en el Waldorf Astoria, contó con la presencia de figuras de peso del actual gobierno estadounidense, entre ellas el fiscal general Todd Blanche, el director del FBI Kash Patel y el consejero de la Casa Blanca Will Scharf. El evento no solo marcó la entrada formal de Mildon en los círculos de Trump, sino que coincidió con un momento delicado para sus intereses comerciales en Venezuela, donde busca conservar contratos obtenidos bajo el gobierno de Nicolás Maduro.
Mildon dirige Miller Holding, un conglomerado fundado por su abuelo en 1967. A través de subsidiarias como Milvest ha desarrollado proyectos de infraestructura en la República Democrática del Congo, donde ha mantenido vínculos con autoridades locales y con el entorno del presidente turco Recep Tayyip Erdoğan. En Venezuela, según reportó The New York Times, operaba plantas de cemento de propiedad estatal a través de la empresa Vencement, además de participar en negocios de camarón y café. Estos contratos se obtuvieron en 2025 con el respaldo de Alex Saab, uno de los colaboradores más cercanos de Maduro. Mildon pasó meses intentando tender puentes entre Saab y republicanos cercanos a Trump, lo que generó preocupación entre algunos asesores del entonces expresidente y funcionarios de inteligencia estadounidenses, quienes incluso consideraron posibles sanciones.
El contexto cambió drásticamente en enero de 2026, cuando fuerzas estadounidenses capturaron a Maduro. El nuevo liderazgo interino, encabezado por Delcy Rodríguez, ordenó una auditoría de las plantas de cemento y, en junio, revocó el contrato de Mildon alegando incumplimiento de metas de inversión y producción, según detalló el mismo reportaje del Times. Contratistas denunciaron facturas impagas y el nuevo gobierno acusó al empresario de no elevar la producción ni reducir precios. Ante la amenaza de perder sus activos, Mildon buscó reconstruir lazos con Rodríguez; en febrero acompañó a Christopher Ruddy, director de Newsmax, a una reunión con ella, y su entorno ha afirmado que ha hablado con la líder interina en varias ocasiones.
La boda con Habba, una leal de larga data de Trump que había servido como consejera y actuado temporalmente como fiscal federal en Nueva Jersey, llegó en medio de este forcejeo. Según Forbes, la pareja se conoció a través de un amigo mutuo con experiencia en la administración Trump. El matrimonio ha sido interpretado por observadores como un movimiento que podría facilitar el acceso de Mildon a redes de influencia en Washington en un momento en que sus negocios venezolanos dependen de la buena voluntad del nuevo gobierno de Caracas. Fuentes cercanas a Rodríguez indicaron a medios que la relación con Habba influyó en la reconsideración de algunas decisiones sobre sus contratos.
Mildon no es un recién llegado a entornos políticamente sensibles. Antes de Habba estuvo casado con Betül Gürsoy, hija de un empresario vinculado a proyectos impulsados por Erdoğan, y también tuvo una relación con la hija de un almirante venezolano de alto perfil. En entrevistas a medios turcos ha defendido sus inversiones en Venezuela y ha señalado que “el régimen no cambió” y que “personas que conocemos siguen en sus puestos”. Mientras tanto, Habba, con dos matrimonios previos y una trayectoria marcada por la defensa legal de Trump, consolida su posición como figura de conexión entre el mundo de los negocios internacionales y el círculo íntimo del presidente.
El caso ilustra cómo, en la era post-Maduro, las redes personales y los intereses comerciales pueden cruzar fronteras de manera acelerada. El análisis publicado por Imdat Oner, analista del Jack D. Gordon Institute y experto en Turquía y Venezuela, subraya precisamente esta coincidencia temporal: un empresario que operó con el régimen anterior ahora intenta retener contratos mientras formaliza lazos con el entorno de Trump. Si las gestiones de Mildon logran recuperar o mantener parte de sus operaciones en cemento y acuicultura, el matrimonio podría verse como un ejemplo de cómo el acceso político se convierte en activo estratégico en un país en transición. De lo contrario, quedará como un intento fallido de convertir la proximidad a Washington en influencia en Caracas.
La historia continúa desarrollándose. Las autoridades venezolanas aún no han aclarado el estatus definitivo de los contratos, y en Estados Unidos persisten las dudas que algunos funcionarios expresaron antes de la captura de Maduro. Lo que sí está claro es que la boda de septiembre ha puesto a Mildon bajo un escrutinio público que trasciende el ámbito empresarial.


