Zapatero, pieza útil de la dictadura de Maduro

Zapatero, pieza útil de la dictadura de Maduro

Ex presos lo señalan como engranaje diplomático que legitimó el régimen, neutralizó denuncias y sostuvo negociaciones favorables a la dictadura.

José Luis Rodríguez Zapatero aterrizó en Venezuela como mediador y terminó vestido con la piel de la dictadura de Maduro. No fue accidente. Fue trayecto. Y cada etapa tuvo huellas visibles.

Entró al país cuando Maduro comenzaba a estrangular el espacio político. Dijo que venía a “facilitar” acuerdos, pero lo primero que facilitó fue tiempo. Cada mesa que presidió terminó en aplazamiento, cada aplazamiento alivió la presión interna y desinfló la externa. Mientras los presos acumulaban días de reclusión, él acumulaba audiencias en Miraflores y un aura de interlocutor imprescindible que en realidad solo servía a un bando.

Los activistas y familiares lo veían llegar a las cárceles con gesto grave y libreta abierta. Los reclusos le enumeraban torturas, confinamientos, negación de medicinas, interrogatorios nocturnos. Él escuchaba sin registrar. Al salir repetía la frase que el gobierno necesitaba: no había patrones sistemáticos, solo casos aislados. El régimen consiguió un vocero extranjero que desactivaba denuncias con voz pausada y modales europeos.

Lo que parecía ingenuidad se volvió método. Zapatero se ubicó como certificador externo de procesos amañados. Acompañó elecciones sin garantías, avaló diálogos sin calendario, repartió llamadas a líderes opositores con invitaciones a “ser responsables” mientras Maduro encarcelaba a nuevos adversarios. La oposición cambió de líderes, de estrategias, de alianzas. El gobierno no cambió nada. Solo Zapatero permaneció.

El ex presidente no se limitó a opinar sobre política. Se dejó ver en un terreno más áspero: la economía oculta que sostuvo al régimen. Fuentes de la Fiscalía venezolana, militares disidentes y operadores financieros comienzan a dibujar su nombre en la misma lámina donde aparecen intermediarios del petróleo y traficantes de oro no declarado. No hay sentencia, pero sobran indicios: viajes recurrentes, empresas pantalla, rutas trianguladas hacia Turquía, Asia y España, y silencios meticulosos en torno a irregularidades gigantescas que ocurrían mientras él pedía levantar sanciones.

La hipocresía fue explícita. Zapatero condenó el bloqueo económico, pero nunca censuró la red de contrabando estatal que drenó crudo y lingotes. Denunció interferencias exteriores, pero intervino en procesos judiciales y políticos venezolanos como si fuese garante local. Reclamó respeto institucional, pero guardó distancia de cada informe que documentaba crímenes de lesa humanidad. Su único mandamiento fue preservar el régimen que lo recibía como invitado permanente.

Hoy esa arquitectura se derrumba. Con Maduro caído, las excarcelaciones masivas no solo liberan cuerpos: liberan relatos. Los rehenes denuncian que Zapatero sirvió como amortiguador moral de una dictadura que necesitaba barniz democrático para sobrevivir. Fue pieza funcional. No soldado ideológico. Más útil.

Queda una pregunta: si Venezuela avanza hacia tribunales reales, ¿terminará declarando como testigo incómodo o como coautor político de un sistema que encarceló a miles, saqueó un país entero y usó el petróleo y el oro como moneda clandestina para comprar lealtades y exportar corrupción?

En Venezuela ya no pesa lo que Zapatero dijo durante años. Pesa lo que hizo y lo que permitió. Y ahora empieza a saberse.

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