Los iraníes se levantan, los medios dentro y fuera miran hacia otro lado

Los iraníes se levantan, los medios dentro y fuera miran hacia otro lado

Desde hace 13 días, en Teherán y en varias ciudades del interior de Irán, multitudes han salido a la calle para desafiar a la República Islámica. Lo han hecho de noche, en avenidas principales, frente a edificios oficiales y bajo el alcance inmediato de los cuerpos de represión.

En videos grabados a contraluz o desde terrazas, se observa a jóvenes corriendo para esquivar a los Basij, se escuchan consignas dirigidas contra el Líder Supremo y se ven retratos de Jamenei arder en el pavimento. Y, sin embargo, fuera de Irán, casi nada de eso existe. Las principales redacciones internacionales no han abierto sus portadas, no han enviado equipos y, salvo menciones breves o descontextualizadas, han optado por invisibilizar deliberadamente el ciclo de protestas frente a una nueva ola de protestas en un país que, sobre el papel, continúa bajo un régimen autoritario, con represión institucionalizada y sin canales para la expresión pública.

Lo que está ocurriendo en Irán es visible para quien quiera observar las señales mínimas disponibles: videos dispersos, testimonios repetidos desde ciudades distintas y la persistencia de una resistencia civil que, aun sin un detonante único, vuelve a ocupar el espacio público. La pregunta ya no es si hay protestas, sino por qué, en el exterior, parecen invisibles.

En Irán no solo hay ruido en las calles: hay una rebelión sostenida que se expande por ciudades grandes y medianas con una persistencia que desmiente la imagen de calma que proyectan los medios internacionales. Mientras los informativos globales pasan la página hacia otros escenarios geopolíticos, miles de iraníes vuelven a ocupar avenidas, plazas y campus universitarios en desafío abierto a un régimen que responde con arrestos, juicios sumarios y cortes selectivos de internet.

Las imágenes que circulan desde dentro del país –breves, fragmentadas, muchas veces grabadas al paso– revelan una ciudadanía que ha asumido que protestar es un riesgo, pero también una obligación moral. En los videos se distinguen cuerpos dispersos y decisiones colectivas: grupos que gritan nombres de presos políticos, columnas improvisadas que bloquean el tránsito y jóvenes que suben a azoteas para grabar, conscientes de que cualquier registro puede convertirse en evidencia antes de que la policía borre los rastros.

La nueva ola de movilizaciones no es un accidente ni un gesto aislado. Se sostiene sobre hartazgos acumulados: inflación, abusos del aparato de seguridad, discriminación sistemática contra mujeres y minorías étnicas, y la convicción creciente de que la legitimidad del régimen se ha fracturado. Lo que ocurre en Teherán, Isfahán, Mashhad, Tabriz o Zahedán no es excepcional: es la continuidad de un país que lleva meses en ebullición mientras la mirada internacional elige no ver.

En las calles

Los registros disponibles muestran un patrón que se repite, con variaciones mínimas, en distintas ciudades: protestas nocturnas sostenidas en sectores urbanos relevantes. Las concentraciones incluyen consignas contra el líder supremo, quema de retratos oficiales y destrucción de símbolos que representan la estructura del poder religioso y político.

En Teherán, grupos numerosos se reúnen en avenidas y plazas, con reacciones rápidas ante la llegada de fuerzas de seguridad. En Karaj, videos muestran columnas corriendo tras escuchar detonaciones de gas lacrimógeno. En Tabriz e Isfahán, se observan fogatas improvisadas para impedir el avance de patrullas. En Rasht, testigos reportan que las protestas se extendieron desde barrios periféricos hacia zonas comerciales.

Aunque la movilización no alcanza aún la escala del levantamiento tras la muerte de Mahsa Amini, sí constituye un ciclo sostenido que ha persistido durante varios días consecutivos y que reúne dos elementos clave: la ocupación del espacio público y el desafío explícito a la autoridad religiosa que gobierna el país desde 1979.

Dónde está ocurriendo

Aunque no existe una cartografía oficial ni cobertura permanente en terreno, la información disponible permite trazar un mapa mínimo. Las protestas más visibles se concentran en ciudades grandes y medianas, distribuidas en distintas regiones del país.

Al norte, Rasht presenta concentraciones que se desplazan entre áreas comerciales y calles secundarias. En Isfahán y Tabriz, las protestas combinan aglomeraciones en sectores urbanos centrales con manifestaciones más dispersas en zonas periféricas. En Shiraz y Kermanshah, los videos sugieren presencia sostenida durante la noche, con quema de símbolos y desafíos directos a las patrullas.

La diversidad geográfica indica que no se trata de un fenómeno localizado. La amplitud de ciudades, regiones y patrones nocturnos sugiere un ciclo de inconformidad extendido, aunque todavía en una fase que permanece parcial o invisibilizada para quienes sólo observan a través de medios internacionales convencionales.

Por qué las redacciones callan

La ausencia de estas protestas en las portadas internacionales no responde únicamente a fallas de información. Responde a decisiones editoriales, prioridades políticas y cálculos internos en redacciones que conocen el contexto iraní, pero eligen relegarlo.

En primer lugar, las redacciones occidentales tienden a priorizar episodios con detonantes únicos y fácilmente comunicables. La muerte de Mahsa Amini funcionó como catalizador global porque ofreció un símbolo con rostro, historia y víctima identificable. En el ciclo actual, el malestar proviene de acumulación, fatiga económica y represión cotidiana: historias difíciles de condensar en un titular o una imagen icónica.

En segundo término, Irán es hoy un espacio vedado para la prensa internacional. La ausencia de corresponsales limita la verificación independiente, y el costo reputacional de difundir información errónea pesa más que el riesgo de ignorar una historia. Ante el dilema, muchas redacciones se inclinan por cerrar la ventana informativa para que no entre la incomodidad.

Desde 2022, quitarse el velo en público dejó de ser gesto íntimo y se convirtió en desafío abierto al poder político y religioso. En este ciclo de protestas, mujeres jóvenes y adultas vuelven a hacerlo en avenidas, mercados y accesos al metro, aun cuando la presencia de patrullas de Basij incrementa el riesgo de arresto, agresión o desaparición administrativa.
La decisión de cruzar la calle con el cabello descubierto funciona como barómetro político: si las mujeres continúan violando el código obligatorio, significa que el miedo no ha recuperado el terreno perdido. Aunque aparezcan menos en grabaciones nocturnas, siguen ocupando el núcleo simbólico de la protesta.
En Irán, mostrar el cabello aún es un acto de insumisión.

Finalmente, existe un factor político: los iraníes que protestan desafían simultáneamente al autoritarismo interno y a la retórica antioccidental del régimen. Esa doble disidencia no encaja con ciertas narrativas mediáticas instaladas en Occidente, que prefieren víctimas que refuercen relatos previos. La protesta iraní incomoda porque obliga a admitir que el régimen que se presenta como contrapeso geopolítico también ejerce represión sistemática sobre su propia población.

Cómo responde el régimen

La reacción de la República Islámica frente a este ciclo de protestas reproduce mecanismos conocidos y añade modulaciones que reflejan aprendizajes previos. La represión es inmediata, pero calibrada para evitar imágenes que puedan activar indignación global como en 2022.

En sectores donde la protesta se concentra, se observan intervenciones rápidas de los Basij y unidades del Cuerpo de la Guardia Revolucionaria Islámica (CGRI). Los choques duran pocos minutos y las fuerzas de seguridad se retiran tan pronto dispersan a los grupos. No se ven despliegues sostenidos ni ocupación prolongada del espacio público: la estrategia busca impedir acumulación, no escenificar victoria.

La represión incluye detenciones selectivas, monitoreo facial y seguimiento posterior. Activistas que documentan la protesta reportan llamadas de advertencia, visitas domiciliarias y citaciones administrativas. En ciclos anteriores, la respuesta fue más abierta; ahora, el castigo se desplaza hacia fuera de cámara.

Al mismo tiempo, el régimen combina coerción con mensajes que pretenden minimizar el alcance de la protesta. La televisión estatal promueve narrativas que la reducen a “disturbios menores”, mientras voceros oficialistas afirman que se trata de “infiltrados extranjeros” o “vándalos sin apoyo social”. Esta disonancia entre calle y discurso oficial busca desactivar la percepción de crecimiento horizontal del descontento.

La ausencia de un detonante visible no implica ausencia de riesgo. En Irán, una protesta pequeña puede derivar en represión letal, y el Estado conserva un catálogo completo de instrumentos para contener, intimidar y disuadir. La combinación de vigilancia digital, control territorial nocturno y castigo diferido refleja que el régimen no subestima la capacidad de contagio del descontento social.

Qué puede venir

El ciclo actual puede avanzar en múltiples direcciones, aunque ninguna depende sólo del volumen de personas en la calle. En Irán, las protestas adquieren fuerza en la repetición, en la persistencia y en la incorporación de nuevos actores sociales, en particular las mujeres y la juventud urbana.

La participación femenina, aunque menos visible en algunos registros nocturnos, continúa siendo decisiva. En varias grabaciones, mujeres se desprenden del velo en espacios públicos o lo agitan como gesto de desafío, aun cuando el riesgo legal y físico sigue siendo elevado. Esos gestos, por mínimos que parezcan, mantienen vivo el indicador más potente de erosión del control cultural del régimen: la desobediencia civil femenina. Desde Mahsa Amini, quitarse el velo en la calle equivale a un acto político explícito.

En paralelo, los estudiantes y jóvenes profesionales amplifican el descontento económico y la falta de futuro. La fuga de talento, la inflación persistente y la imposibilidad de movilidad social generan un malestar estructural que no depende de convocatorias centralizadas. Si estos sectores consolidan su presencia en las calles durante el día, el régimen enfrentará un escenario más complejo que la disuasión nocturna puede contener.

La incertidumbre principal reside en dos factores que todavía no se han mostrado: la respuesta diurna del aparato represivo y la capacidad de la protesta para desbordar los márgenes urbanos que hoy ocupa. La represión abierta, con muertos y detenidos en gran número, devolvería la historia a las portadas internacionales, pero con un costo humano que la sociedad iraní conoce demasiado bien.

Por ahora, la protesta persiste en el punto intermedio: suficientemente extendida para desafiar al régimen, pero no lo bastante masiva –o visible– para obligar a los medios a asumir lo que ya saben: que la protesta persiste, aunque hayan preferido no verla. En Irán, que las mujeres sigan quitándose el velo en público no indica normalización: indica que la rebelión sigue viva, incluso cuando la prensa elige no mirarla.

Lo que está en juego

Irán vuelve a estar en la calle, pero esta vez sin esperar el permiso del mundo ni el acompañamiento diplomático, mucho menos cobertura internacional, porque ya no hay nada que esperar. Las protestas no nacen de las élites ni de los centros tradicionales de oposición, sino de una ciudadanía extenuada que ha entendido que la desobediencia cotidiana –la que se filma y circula aun cuando se sabe que tendrá consecuencias– puede erosionar un régimen que ha gobernado durante décadas a través del miedo.

La ausencia de cobertura amplia en los medios occidentales deja una estela incómoda: no es el silencio de una región sin cámaras, no es un vacío involuntario ni un problema logístico: es una decisión editorial consciente de no mirar. Los hechos existen, las protestas existen, los muertos y detenidos existen. Lo que falta es voluntad de contarlo. La distorsión es más grave porque los vacíos informativos no quedan en blanco: los ocupan la propaganda del régimen, los desmentidos sistemáticos y las acusaciones contra “enemigos externos” que buscan borrar las consecuencias humanas del autoritarismo.

Mientras tanto, los iraníes –en especial las mujeres– actúan como si un velo menos fuera una ley menos. En esa conducta está el núcleo político del momento: no aguardan reformas institucionales, las encarnan. Ni los apagones informativos internacionales ni la represión selectiva han podido impedir que las imágenes crucen el umbral del silencio. Se dispersan en miles de cuentas personales y se comparten desde teléfonos que pueden convertirse en evidencia contra quienes los sostienen.

Si el poder busca borrar señales de disidencia, la sociedad iraní parece haber asumido que la visibilidad es su mejor defensa. No hay fecha final ni dirección única, pero hay una certeza operativa: la protesta ya no depende de convocatorias centralizadas ni de organizaciones reconocibles. Se sostiene porque es cotidiana, descentralizada y emocionalmente irreversible.

Lo que ocurre en Irán no es un episodio aislado ni un gesto simbólico.
Es una fractura visible en la arquitectura de control social que el régimen ha perfeccionado durante décadas.
Y si la prensa internacional continúa mirando hacia otro lado, no será porque no hubo historia, sino porque eligieron no contarla.

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