En el Interamerican Institute for Democracy, Juan Pablo Guanipa fijó una tesis operativa: elecciones inmediatas con condiciones básicas, sin esperar reformas estructurales previas. El eje no es lo deseable, es lo posible. Y el campo de disputa es el tiempo.
Juan Pablo Guanipa no planteó un escenario hipotético ni un programa gradual. Definió un punto de partida y una secuencia. La transición en Venezuela, sostuvo, comienza con elecciones y no después de una recomposición institucional completa. “Lo que hay que hacer es sacar cuanto antes a los resabios de la dictadura que siga administrando Venezuela. Y la única manera de sacarlos es haciendo elecciones”. La afirmación invierte el orden clásico del discurso opositor: no primero condiciones ideales y luego voto, sino voto para abrir condiciones. En esa inversión se juega toda la estrategia.
La intervención se organizó alrededor de una distinción que funciona como eje: lo deseable frente a lo posible. Guanipa enumera lo primero sin ambigüedad —cambio del árbitro electoral, renovación del sistema judicial, fin de la impunidad, retorno de exiliados, estabilización económica— y lo ubica como un programa completo de transición. Pero inmediatamente fija el límite: pretender que todo eso ocurra antes del cambio de poder no acelera el proceso, lo bloquea. “Quieren primero efectuar lo que se llama la transición y después el cambio de gobierno. Y eso es un error, porque de esa manera le están cediendo el tiempo que necesita la dictadura para permanecer y para prevalecer”. El argumento no es normativo, es operativo: el tiempo es el recurso crítico y cederlo equivale a consolidar al adversario.
Esa lectura se apoya en una descripción concreta del funcionamiento del poder. “Para no entregar completamente el poder ceden espacios parciales de ese poder a cambio de ganar tiempo”. La ecuación es simple y repetitiva: concesiones limitadas que no alteran el control, negociaciones que dilatan, reformas parciales que no cambian la estructura. Bajo ese patrón, la política deja de ser una disputa por condiciones ideales y pasa a ser una disputa por ritmo. La consecuencia es directa: quien fija el tiempo, fija el resultado.
La respuesta que propone Guanipa es reducir ese margen. No ampliar el catálogo de condiciones, sino comprimir el plazo. “¿Qué es lo que hay que hacer en mi opinión? Achicar los tiempos y hacer elecciones ya. ¿Cómo? Como se pueda”. La fórmula no elimina las condiciones, pero las reubica en un umbral mínimo operativo. “¿Y cómo es el cómo se pueda? Con condiciones mínimas, el retorno de María Corina Machado y la operación de los partidos, ya está”. En esa definición hay un recorte deliberado: lo suficiente para que el voto tenga efecto político, no lo ideal para que el sistema sea plenamente democrático antes de la elección.
El desplazamiento de la secuencia se completa con la idea de ejecución posterior. La transición no precede al cambio de poder, se realiza desde el poder. “María Corina puede ganar la elección, tomar el gobierno y desde el gobierno producir la transición, donde sucederá toda la larga lista de lo que la gente con vocación democrática y los venezolanos deseamos”. El planteamiento ordena las fases de forma estricta: victoria electoral, toma de control, implementación de reformas. No hay solapamiento ni fases intermedias difusas.
Para sostener esa tesis, Guanipa introduce un argumento empírico basado en la experiencia reciente. “Si el pueblo venezolano fue capaz el año 2023-2024 en plena dictadura, con plena represión, con todo el sistema funcionando de ganarle la elección… ¿cómo no va a ser capaz de ganar una elección este año?”. La referencia no es retórica; apunta a la capacidad de organización y verificación electoral demostrada bajo condiciones adversas. A eso añade una evaluación comparativa del presente: “Porque ahora hay represión, pero hay menos represión. Hay presos políticos, pero hay menos presos políticos y los líderes políticos pueden actuar”. El razonamiento es incremental: si en un entorno más restrictivo hubo capacidad de competir, en uno relativamente menos cerrado esa capacidad no disminuye, aumenta.
El factor tiempo reaparece como advertencia sobre el costo de la inacción. “Si eso no sucede, es muy posible que estemos discutiendo el próximo año o el subsiguiente año quiénes son los vocales, quiénes son los jueces… y la dictadura se haya quedado”. No se trata de una proyección hipotética sino de una dinámica conocida: negociaciones prolongadas, agendas que se desplazan hacia reformas parciales, ausencia de desenlace. La consecuencia es la misma: continuidad del poder bajo otra forma de discusión.
En su exposición, Guanipa también delimita el contexto internacional sin convertirlo en eje de la estrategia. Define la situación como una “tutela” y marca una diferencia explícita: “Estados Unidos no está gestionando el gobierno de Venezuela, está tutelando”. La tutela implica presión, no sustitución; condicionamiento, no administración. Bajo ese marco, describe una secuencia —estabilización, recuperación, transición— y ubica el momento actual en la última fase, “centrada en la celebración de elecciones libres y la consolidación democrática”. Sin embargo, esa fase no se activa por inercia externa; choca con la lógica interna de permanencia que administra el tiempo.
La intervención no se dispersa en escenarios alternativos ni en hipótesis de ruptura. Mantiene el foco en un mecanismo y en una decisión. La transición deja de ser una noción abierta y pasa a depender de un hecho verificable: elecciones con condiciones mínimas suficientes para producir un resultado que altere el control del poder. El cierre condensa esa lógica sin matices: “No nos enfanguemos en lo deseable, hagamos lo posible”. La frase no funciona como consigna sino como instrucción estratégica: reducir el campo de discusión a una acción concreta, acotar el tiempo, ejecutar. El resto —la arquitectura completa de la transición— queda definido como consecuencia, no como requisito previo.



