Irán dispara contra su pueblo. Las morgues desbordan. La izquierda global calla. Y el mundo libre se refugia en excusas semánticas.
Irán vive la mayor masacre de su historia reciente y casi nadie en el mundo libre se atreve a nombrarla como lo que es: un exterminio político contra civiles que ya no toleran un régimen construido para vigilar, castigar y matar. Las cifras ocultas hablan de miles de muertos, cientos de desaparecidos y morgues desbordadas en ciudades donde el Estado disparó primero y preguntó nunca.
Mientras las calles se llenan de sangre y las familias entierran hijos sin velarlos, gobiernos y partidos que dicen defender derechos humanos callan en bloque. Irán respondió a los gritos de libertad con balas.
La masacre avanza sin gesto proporcional desde Occidente, y el progresismo, incluido el que cobró de Teherán y que dice defender a los vulnerables, hojea manuales conceptuales antes de pronunciar una sola condena. prefiere hablar de “tensiones sociales” antes que admitir que la teocracia a la misma gente cuyas banderas fingieron sostener.
El régimen dispara. El mundo calcula. Y los muertos pagan la factura.
La noche en que empezó la matanza
La caída de Maduro en Caracas no encendió las protestas iraníes. El descontento ya llevaba meses, años, mejor, acumulándose en silencio, sostenido por inflación brutal, salarios pulverizados, apagones, colas interminables y el desmoronamiento de un país con petróleo, industria y talento humano expulsado al exilio. Pero la imagen del dictador venezolano esposado sí funcionó como revelador inesperado: demostró que incluso un régimen con padrinos en Moscú, Pekín y Teherán puede ser sorprendido y quebrado.

En Irán, donde la represión había sofocado oleadas previas, esa imagen confirmó que la permanencia de los autócratas no es ley natural. La calle no se levantó para imitar a Caracas. Se levantó porque no podía seguir callada. Lo que ofreció Venezuela fue un espejo: el poder no es eterno cuando se divorcia de la sociedad. Ese reconocimiento convirtió la molestia económica y la humillación cotidiana en decisión política.Teherán ardió antes de que el mundo entendiera lo que estaba viendo.
Las protestas no nacieron de un capricho económico. Ni hubo un súbito despertar. La inflación desatada, la corrupción endémica, la moneda pulverizada y la aniquilación del sector productivo solo proporcionaron combustible. Lo que encendió la llama fue otra cosa: el régimen lució vulnerable por primera vez. La captura del aliado venezolano dejó en evidencia la soledad estratégica de Teherán. Esa soledad produjo un error de cálculo letal: el aparato decidió aplastar la protesta para exhibir fuerza, aunque masacrara a su propia población.
Testigos describen el mismo patrón en universidades, mezquitas y calles estrechas: bloqueos, ráfagas, cuerpos arrastrados por camiones militares, morgues móviles improvisadas, desapariciones nocturnas. La revuelta no es política en sentido clásico. Es un acto vital: gente que decidió que vivir bajo miedo permanente equivale a no vivir.
Un Estado que masacra a sus ciudadanos
Irán no reprime. Mata. El verbo importa. La Guardia Revolucionaria no dispersa multitudes con gas, perdigones ni bastones. Usa plomo real. Dispara al torso, a la cabeza, a las piernas para incapacitar y rematar. La milicia Basij, reclutada entre jóvenes adoctrinados, complementa el operativo con palas, cadenas y culatas. No hay intento de contención. Hay misión de exterminio acotado: eliminar los focos de resistencia antes de que se vuelvan irreversibles.
La ecuación se repite en más de veinte localidades: Teherán, Karaj, Isfahán, Tabriz, Ahvaz, Shiraz, Yazd y Shirgán. En zonas periféricas la violencia es más directa porque no hay cámaras ni periodistas extranjeros. “Disparan primero y apuntan después”, contó un estudiante herido en un hospital clandestino de Karaj. Se mueve con muletas y aún tiene metralla incrustada.
El régimen conoce la coreografía. Cierra internet, bloquea VPN, presiona proveedores de telefonía para desactivar antenas parciales. Inmoviliza información antes de inmovilizar cuerpos. Es represión industrializada. No improvisa. Ejecuta.
Miliciano que vio demasiado
Un miembro de Basij huyó a Erbil y declaró:
“Nos dijeron que éramos defensa de la revolución. Nos convertimos en verdugos de niños. No vuelvo a disparar”.
Su deserción fue borrada de los medios iraníes.
La cifra negra: hasta 3.000 muertos
Cualquiera que discuta cifras incurre en hipocresía. El régimen controla morgues, hospitales, cuerpos policiales y cementerios. Los muertos oficiales serán siempre menos que los reales. Pero organizaciones dentro y fuera del país, médicos clandestinos, estudiantes que cuentan cadáveres y activistas que fotografían fosas provisionales coinciden en rangos escalofriantes: entre 2.000 y 3.000 muertos entre el 29 de diciembre y el 11 de enero.
Un doctor en Isfahán fue categórico en un mensaje que circuló por redes cerradas: “Solo en mi área contamos ciento treinta cuerpos en cuatro días”. Ese número nunca aparecerá en los comunicados de Teherán. Tampoco en balances diplomáticos. Las morgues reciben órdenes de no entregar cuerpos a familias sin firma previa de confidencialidad. El crimen se vuelve contrato.
La cifra negra supera cualquier episodio represivo reciente en Oriente Medio, salvo las masacres de Assad y la purga islamista de Egipto. Y ocurre en un país con millones de jóvenes conectados que creyeron que la caída de un aliado continental abría una puerta histórica. Teherán intenta cerrarla con fuego.
El lenguaje anestésico de la prensa global
La masacre es un hecho. El encubrimiento, otro. Los grandes medios occidentales han desarrollado un lenguaje quirúrgico para describir la brutalidad del régimen iraní sin afirmar responsabilidad política. El NYT ejemplifica esta tendencia con precisión: habla de protestas “impulsadas por factores económicos”, menciona “malestar social”, y describe lo que ocurre como un “crackdown” con “muertes reportadas”. No hay verdugos. No hay órdenes. No hay mentores.
Ese eufemismo sistemático convierte al Estado en espectador pasivo del derramamiento de sangre que provoca. No afirma “el régimen mata civiles”; se refugia en perífrasis que licuan culpables. Y mientras se extravía en explicaciones sociológicas, los hechos urgen vocabulario moral: asesinatos, ejecuciones extrajudiciales, desapariciones, crímenes de Estado.
La prensa progresista prefiere evitar términos vinculados a verdad incómoda porque los obligan a tomar posición. Si reconoce la masacre, pierde la neutralidad fingida. Si acusa al régimen, se rompe el mito del antiimperialismo virtuoso. Y si denuncia el vínculo entre Irán y la izquierda latinoamericana, la moralina queda desnuda.
NYT: cuando las víctimas son contexto
Tomemos un párrafo del Times y destripemos su arquitectura moral:
“El país se ha visto debilitado económicamente. Las protestas parecen surgir del malestar acumulado…”
Traducción real: La culpa no es de los asesinos sino de las circunstancias.
“People have been killed.”
Pasivo absoluto. ¿Quién los mató? ¿Un accidente? La violencia se vuelve fenómeno meteorológico.
“Protesters are conscious that Venezuela did not lead to the end of the system itself.”
El razonamiento instrumentaliza víctimas. Las reduce a comentaristas de geopolítica, como si no murieran, solo participaran en ensayo comparativo.
La omisión más grave es la humana. No hay nombres. No hay cifras. No hay ciudades. No hay madres ni morgues. No hay un solo verbo activo que exprese responsabilidad directa del Estado. La masacre ocurre fuera del marco conceptual del artículo. Eso no es periodismo riguroso. Es acomodación narrativa: explicar hechos sin describirlos.
La izquierda guarda el silencio que ya cobró
Podemos en España defendió durante años la alianza con Irán, recibió financiación, asesoría y cobertura mediática. El PSUV en Venezuela funcionó como intermediario político y logístico en foros internacionales. Muchos de los voceros que hoy guardan silencio fueron altavoces pagados, consultores disfrazados, operadores académicos y mensajeros útiles.
Ninguno puede hoy denunciar la masacre sin incriminarse. Si admiten que Irán mata, deberán admitir que trabajaron para un Estado asesino. Prefieren callar. Prefieren diluir. Prefieren hablar de “matiz”, “contexto”, “resistencia antiimperialista”. El silencio organizado no es error moral. Es autopreservación. Es lavado retrospectivo de reputaciones políticas.
Un dirigente opositor iraní en el exilio lo dijo con ironía afilada: “Los asesinos pagan mejor que las víctimas. Por eso siempre encuentran defensores.”
La frase explica veinte años de alianzas turbias. El progresismo occidental jamás cuestionó el dinero que fluía desde Teherán a sus causas. Ahora se mantiene mudo para no ver de dónde venía.
La frase que recorrió universidades
Una estudiante en Tabriz escribió en un baño:
No queremos Occidente. Queremos vida”.
Al día siguiente, la Guardia Revolucionaria clausuró el edificio. Esa frase resume la brutalidad del momento: el régimen mata no para defender la fe, sino para impedir vivir.
La ruta del dinero y la asesoría
Irán lleva diez años invirtiendo en su proyección ideológica fuera de sus fronteras. No compra simpatías con literatura ni con poesía sufí. Compra complicidades con dinero. Fondos enviados como becas académicas, convenios universitarios, consultorías, cooperación técnica y apoyo electoral disfrazado.
Podemos en España es el caso más documentado: contratos con medios aliados, programas de televisión financiados directa o indirectamente, think tanks creados para legitimar la política antioccidental del régimen iraní. El PSUV actuó como facilitador regional, abriendo puertas a foros en los que Teherán buscaba socios para lavar reputación.
La inversión fue estratégica. No buscaba cambiar mentes en Madrid, Caracas o Quito, sino construir un coro de voces que, llegado el momento crítico, se negara a condenar el régimen iraní o relativizara sus crímenes. Ese momento llegó. La masacre se desarrolla en tiempo real. Los cadáveres se acumulan. Y las voces que se alimentaron de la generosidad teocrática callan en sincronía perfecta.
Un analista iraní exiliado en Berlín lo resume de manera quirúrgica: “El régimen nunca pidió amor. Solo pidió silencio cuando tocara matar”.


El espejo moral roto
La izquierda internacional que antes gritaba contra Pinochet, Videla o Somoza enfrenta un espejo incómodo. No puede formular hoy las mismas denuncias porque lleva décadas justificando, romantizando o encubriendo dictaduras si estas se presentan como antiimperialistas.
Ese giro moral destruyó el sentido original de la palabra solidaridad. No hay causa progresista que sobreviva al acto de ignorar cadáveres porque no los produce Estados Unidos.
La narrativa se ha invertido. Los iraníes mueren a manos de su propio gobierno teocrático. Mujeres jóvenes encabezan marchas con el cabello expuesto y el riesgo tatuado en la piel. Estudiantes rompen el cerco informativo. Trabajadores pobres, los mismos que el régimen usó como símbolo, encabezan protestas.
Mientras tanto, partidos, ONG y referentes culturales en Europa y América Latina se refugian en la categoría del “contexto” para no pronunciar el verbo matar.
No es contradicción teórica. Es colapso ético. El progresismo que dice defender a los vulnerables se convierte en espectador cuando los verdugos hablan su idioma ideológico.
Los muertos que no llegan a Europa
El régimen teocrático administra sus cadáveres como parte de la guerra interna. Muchos no llegan a hospitales. Van a depósitos improvisados, bases militares, escuelas requisadas, estadios cercados. En Karaj aparecieron bolsas plásticas sin identificación; en Ahvaz se reportaron entierros nocturnos vigilados por Basij armados.
Las morgues de Tabriz recibieron órdenes de entregar cuerpos solo bajo dos condiciones: silencio público y renuncia a reclamar justicia.
Un maestro de escuela, contacto de organizaciones de derechos humanos, describió lo que vio al recoger el cuerpo de un vecino:
“Nos entregaron un cadáver con dos disparos en la espalda. Firmé papeles jurando que no hablaría con nadie. Si rompo ese papel, se llevan al resto de mi familia”.
Ese testimonio tiene cientos de variantes. Irán multiplica las familias mutiladas que no solo pierden a un hijo o a un padre, sino también la capacidad de pedir cuentas.
Los medios internacionales no registran esas escenas. Y cuando lo hacen, las reducen a estadísticas incomprobables. Pero detrás de cada número hay un nombre, un rostro y una vida robada con premeditación. La tragedia es doble: se mata a la víctima y se borra el crimen.
Venezuela como amenaza y advertencia
Teherán leyó Caracas como ensayo general. El derribo quirúrgico de Maduro confirmó que la protección del eje antioccidental no es absoluta. China digiere. Rusia calcula. Y ambos, en la práctica, dejaron al régimen venezolano caer cuando el costo superó el beneficio.
Ese mensaje detonó el pánico en los pasillos de Teherán. Había tres lecciones evidentes: Estados Unidos está dispuesto a actuar unilateralmente, puede operar dentro de países aliados sin pagar precio diplomático y Moscú no está en capacidad de cubrir a sus amigos.
La respuesta iraní fue lógica en clave autoritaria: reforzar la represión preventiva antes de que la calle aprendiera la lección venezolana en carne propia. No dejó que se consolidara una oposición organizada. No permitió que los jóvenes controlaran la narrativa. Impidió que los medios alternativos impusieran el ritmo.
Un estudiante universitario lo explicó desde Mashhad en llamada cifrada: “Nos están matando ahora para que no crezcamos después. No quieren otro Caracas”.

Dos deserciones que asustan más que mil editoriales
El régimen iraní enfrenta un fenómeno inusual: voces internas con autoridad moral que ya no temen romper filas. La primera grieta vino del estamento militar.
El coronel Amir Hosein Rahmati –nombre confirmado por dos redes disidentes y fuentes de defensa en Teherán– difundió un audio en el que llama a sus subalternos a desobedecer órdenes de disparar contra civiles. “Las balas que usan contra ustedes no vienen de Dios”, dijo. Fue arrestado horas después. La grabación circula en redes cifradas. Su paradero es desconocido.
La segunda fractura ocurrió en el corazón doctrinal del sistema. El ayatolá Mehdi Karrouchi, con décadas en la estructura religiosa, criticó públicamente la matanza en mezquitas de Qom y Rasht. No habló de “desproporción” ni de “excesos”. Usó una palabra que la república islámica considera sacrilegio político: pecado. Declaró que matar ciudadanos que claman justicia es “una traición al islamismo y a la dignidad de la nación”.
Ese pronunciamiento hizo más daño que cien protestas callejeras, porque revela pugna espiritual dentro del régimen.
Ambos casos rompen la narrativa monolítica que intenta imponer Teherán. Si militares y clérigos comienzan a cuestionar la base moral del poder, la represión deja de ser un acto de fuerza y se convierte en señal de decadencia acelerada. En Irán, la desobediencia íntima precede la caída visible.
La gran diferencia
En Venezuela cayó el líder. El sistema quedó intacto. Delcy Rodríguez y su red se encargaron de demostrarlo. La estructura sobrevivió porque no dependía del rostro público. En Irán, el régimen teocrático entiende que un escenario similar implicaría su muerte política.
No puede permitirse una caída simbólica. Por eso dispara. Por eso corta internet. Por eso desaparece cuerpos. En Teherán no existe alternativa institucional. El poder se organiza como teología de Estado. La cesión equivaldría a autodestrucción.
Esa diferencia define el momento histórico. Donde Venezuela se recalibra para sobrevivir sin el dictador, Irán se radicaliza para combatir la posibilidad de perder al líder supremo. Para el régimen iraní, las protestas no son reclamo. Son guerra. Y en guerra, el enemigo debe ser eliminado.
Mientras Occidente discute semántica, Irán sangra
La Guardia Revolucionaria y la Basij ejecutan ciudadanos desarmados. Las morgues esconden cuerpos. Las familias entierran hijos sin velar. Y mientras tanto, gobiernos que se proclaman defensores de los derechos humanos esperan el momento adecuado para expresar “preocupación”.
El NYT escribe con guantes de látex para no manchar su narrativa anti-Trump. Podemos calla y mira al suelo. El PSUV observa con experiencia y consejo: la represión funciona si se mantiene sostenida.
La frase que define esta hora en Irán es brutal en su sencillez: nadie vendrá a salvarlos. Las democracias occidentales están ocupadas discutiendo eufemismos. La moral progresista perdió toda capacidad de indignación selectiva. Y el régimen iraní aprovecha esa parálisis para imponer la única verdad que le importa: el poder se mantiene matando.
Esa es la ecuación del momento: un Estado que dispara, una sociedad que resiste y un mundo libre que se refugia en la gramática para no socavar sus propias fantasías políticas. La historia no perdonará a quienes callan. Los iraníes tampoco.



