La salida de Laura Dogu tras apenas 100 días no debe leerse como un “trámite diplomático”, sino como el síntoma de una estrategia que se ha quedado corta frente a las expectativas del país. Después de una operación militar de escala global y un costo financiero astronómico, la realidad en las calles de Venezuela es frustrante: la estructura del chavismo, personalizada en Jorge y Delcy Rodríguez, sigue maniobrando desde el poder.
Para el venezolano de a pie, no hubo una “liberación” completa, sino una transición de mandos que dejó intacta la maquinaria política del régimen. Mientras Washington celebra hitos logísticos como reabrir una embajada, la población —que puso el cuerpo y la esperanza en un cambio radical— exige la efectividad que solo se logra con el fin definitivo del sistema chavista.
La diplomacia de “pasos cortos” ha fracasado en su misión principal. Como ha denunciado María Corina Machado, no hay más espacio para dilaciones ni para una convivencia forzada con quienes destruyeron el país. La única métrica de éxito aceptable para la presencia estadounidense no es la cordialidad en las reuniones, sino la convocatoria inmediata a elecciones libres que permitan desplazar a la cúpula que aún se aferra a las instituciones.
Estados Unidos debe entender que su rol no es administrar la crisis, sino terminar de resolverla. El relevo de Dogu por John Barrett debe marcar el fin de la complacencia y el inicio de una presión real que fuerce la salida de los Rodríguez. Venezuela no necesita embajadores que “interlocuten” con el régimen; necesita aliados que ejecuten la democratización prometida. Menos burocracia, más resultados. El tiempo del pueblo venezolano se agotó hace mucho.



