Deponer a Nicolás Maduro no desvela un escenario de guerra civil. No hay facciones ideológicas esperando su momento ni un país dividido en tribus. Maduro no es un líder, sino el gerente de un holding criminal sostenido artificialmente por los fusiles locales y por la indiferencia internacional.
Francisco Poleo / El Español
Me sorprendió leer a Ian Bremmer en la revista Time y reconocer una voz que no era la suya. Era la voz de Caracas, la de La Habana o la de Moscú. La del sistema que lleva años vendiéndole al mundo la idea de que Venezuela es un polvorín geopolítico contenido por un régimen “complejo”, donde cualquier movimiento brusco podría desencadenar una guerra regional o un baño de sangre.
Normalmente coincido con Bremmer. Esta vez, no. Sorprendentemente, cometió el muy yanqui error de pensar que Venezuela es un país africano, el Medio Oriente o algo parecido.
La tesis de Bremmer, uno de los más reputados politólogos estadounidenses, es simple. Deponer a Nicolás Maduro puede desatar un escenario como el de Libia o Siria. Es el argumento que se ha venido agitando en ciertos sectores de Estados Unidos en los últimos meses, una muestra que de Venezuela saben poco o nada. Y, si saben, se están prestando conscientemente al juego de la internacional de las dictaduras.
El régimen venezolano, muy bien asesorado por La Habana, ha repetido ese cuento durante años con un objetivo específico: disuadir a Estados Unidos y a Europa de ejercer presión real. La amenaza de “guerra civil” o “resistencia popular” es una construcción política que no tiene asidero en el terreno. Venezuela no es Irak, ni Siria ni Libia.
No existe una fractura sectaria ni un tejido tribal que pueda derivar en guerra. No hay dos bandos civiles armados esperando el momento para matarse.
El chavismo, más que ideología, es una banda que funciona a golpe de nómina. Si cae la nómina, cae el chavismo.
Aconsejado por Fidel Castro, Hugo Chávez convirtió a las Fuerzas Armadas en una agrupación amoral cuyos negocios la hacen depender, en buena parte, de la voluntad del tirano.
Por otra parte, la mayoría de los venezolanos, abrumadora y silenciosamente, votó contra Maduro el 28 de julio del 2024. La diferencia entre la votación recibida por el dictador y su oponente, Edmundo González Urrutia, fue de un 40%.
Hablar de “riesgo de guerra” es repetir propaganda sin hacer el trabajo de campo.
El segundo error de Bremmer es más grave: lo disfraza de dato técnico. Afirma que Venezuela juega un rol “menor” en el tráfico de drogas hacia Estados Unidos.
Eso, en 2025, es insostenible.
Venezuela es hoy el corredor principal de cocaína hacia el hemisferio norte. No lo digo yo, lo dice el propio Departamento de Justicia, que acusó a Maduro por narcoterrorismo en 2020. Lo dice el Pentágono. Lo dicen los decomisos crecientes en el Caribe.
El Cartel de los Soles, junto con el ELN y grupos disidentes de las FARC, opera bajo protección del Estado venezolano. El régimen convirtió al país en un hub logístico.
Minimizar ese hecho es irresponsable. Como lo es defender a ciegas los informes de la ONU que dicen que apenas el 5% de la cocaína pasa por Venezuela. Resulta que el mencionado reporte se alimenta de… datos proporcionados por los propios Estados. Saquen ustedes sus propias conclusiones.
El problema de fondo en el análisis de Bremmer es conceptual. En ese sentido, la academia se lo traga. Trata al chavismo como si fuera un régimen autoritario convencional, tipo Egipto o Turquía. No es el caso de Venezuela.
Lo que existe en Venezuela es un consorcio criminal con fachada institucional. Una mafia en donde cada grupo controla su renta: minería ilegal, petróleo residual, contrabando, puertos, extorsión. La inteligencia cubana sostiene ese equilibrio mediante paranoia, no mediante la disciplina.
Hablar de “garantías de salida” o de “transiciones negociadas”, como si estuviéramos ante un Estado tradicional, ignora que lo que estas estructuras buscan no es estabilidad, sino impunidad y rutas de escape. No se entregarán si no es por la fuerza, puesto que no hay manera de garantizarles la impunidad.
Bremmer también repite el viejo temor de que la caída del régimen pueda derivar en un caos generalizado. No es cierto. Cuando el Estado venezolano colapsa (y ha colapsado parcialmente muchas veces) no estalla una guerra civil, sino que se genera un vacío que termina, más bien, en una migración que ya puede ser la mayor diáspora del mundo y que inunda Estados Unidos, España y Latinoamérica. No está en la psique del venezolano matarse entre sí. Sí está huir, y eso ya está pasando.
Finalmente, Bremmer reduce demasiado la dimensión geopolítica del caso venezolano al tratarlo como un expediente de política interna estadounidense: MAGA, latinos conservadores, Florida. Eso explica parte del cuadro, pero no el cuadro completo.
Venezuela no es sólo una tarjeta electoral, es un riesgo hemisférico: narcotráfico militarizado, mafias transnacionales, minería ilegal, migración masiva, presencia de redes cubanas e iraníes, colapso institucional en el Caribe. Su deterioro arrastra a toda la región.
Además, quien firmó la Orden Ejecutiva que define al gobierno de Venezuela como una “amenaza para la seguridad nacional de Estados Unidos”, fue Barack Obama. Hasta ahora, este había sido un asunto bipartidista.
La realidad, vista desde dentro, es más simple y a la vez más cruda que el análisis de Bremmer.
No habrá guerra. No hay facciones ideológicas esperando su momento ni un país dividido en tribus. Es un país occidentalizado y abrumadoramente católico.
Además, Maduro no es un líder, sino el gerente de un holding criminal sostenido artificialmente por los fusiles locales y por la indiferencia internacional.
El peligro no está en su caída, sino en su permanencia.
Cuando se analiza Venezuela con los lentes de Irak, se ve un país que no existe. Cuando se analiza con los hechos, aparece lo que siempre ha sido: un Estado mafioso disfrazado de república. La pregunta correcta no es si Estados Unidos debe actuar con cautela para evitar una guerra., sino cuánto más puede resistir el hemisferio mientras este régimen siga en pie.


