¿Ha llegado la hora de desamericanizar el mundo?

¿Ha llegado la hora de desamericanizar el mundo?

Ramón Hernández / EL NACIONAL

El diario El País publicó en sus páginas de opinión un ensayo de Pankaj Mishra precedido por un texto de presentación que resulta tan revelador como el propio artículo. No tanto por lo que afirma sobre Estados Unidos, sino por lo que expone acerca del estado actual del criterio editorial de un medio que durante décadas fue referencia del liberalismo democrático en lengua española. El diario madrileño afirma que el mundo vive un momento “extraño y peligroso por culpa del presidente de Estados Unidos, Donald Trump”.

La nota introductoria con tan grave afirmación está firmada por Jaime Rubio Hancock, encargado de presentar el tema de portada. No se trata, por tanto, de una columna de opinión autónoma ni de una reseña crítica, sino de una mediación editorial que fija el sentido de lectura. En ese texto se afirma que vivimos un momento “extraño y peligroso” por culpa del presidente de Estados Unidos, y se encadena una serie de acusaciones —ataques indiscriminados contra inmigrantes, control de Venezuela y su petróleo, amenazas de anexión territorial, uso intimidatorio de aranceles— sin jerarquía, sin contraste y sin distinción entre hechos verificables, retórica política y conjeturas.

El encuadre editorial de El País ante el ensayo de Pankaj Mishra

Ese encuadre no introduce a Mishra: lo legitima anticipadamente. La propuesta de “desamericanizar el mundo” no se presenta como una tesis polémica que merece debate, sino como una conclusión casi inevitable ante un supuesto colapso moral estadounidense. El lector no es invitado a examinar una idea, sino a aceptarla como diagnóstico tardío de una evidencia ya probada.

Conviene subrayarlo: cuando El País decide que ese texto funcione como antesala del ensayo, no habla solo una firma. Habla el diario que selecciona, jerarquiza y orienta la lectura. La responsabilidad no se diluye en el nombre propio; se concentra en la decisión editorial.

La cuestión de fondo no es si Jaime Rubio Hancock está “autorizado” para editorializar. La pregunta relevante es qué entiende hoy El País por ejercicio legítimo del criterio editorial. Rubio Hancock no es un improvisado ni carece de trayectoria; precisamente por eso resulta más significativo el tipo de mediación que ejerce.

En la presentación del ensayo de Mishra no hay ignorancia, sino facilismo: la adopción de un marco ideológico estabilizado que permite orientar al lector sin exponerse al riesgo del matiz, la comparación incómoda o la pregunta incómoda. No se discute la tesis; se la traduce a un lenguaje editorial compatible y se la protege de objeciones previsibles.

Ese gesto no es una excentricidad individual. Funciona porque encaja con una cultura editorial que recompensa la alineación moral y penaliza la complejidad. Rubio Hancock no cierra el debate por incapacidad, sino porque el cierre es la función que se le delega.

El problema no es Mishra. Su ensayo se inscribe en una tradición intelectual reconocible: la crítica poscolonial que interpreta la modernidad liberal como una promesa fallida y al poder estadounidense como su heredero más influyente. Es una posición discutible, parcial y a menudo reduccionista, pero legítima como intervención intelectual. El problema surge cuando un medio generalista adopta ese marco sin someterlo a contraste histórico ni político.

La afirmación de que Estados Unidos “ofreció durante décadas un ideal de democracia y libertad que nunca fue cierto excepto para una minoría” se presenta como constatación, no como hipótesis. No hay referencia al contexto de la Guerra Fría, a la diferencia entre ideal normativo e implementación imperfecta, ni a la comparación con alternativas reales ofrecidas al mundo. La historia se reduce a un expediente moral, y el análisis, a una conclusión cerrada.

Esa reducción se vuelve especialmente visible en el tratamiento de Venezuela. El texto introductorio habla de un supuesto “control” estadounidense sobre el país y su petróleo sin una sola mención al proceso de destrucción institucional ejercido durante más de dos décadas por el régimen chavista: asesinatos políticos, expropiaciones masivas, colapso económico, devastación ambiental y un éxodo de millones de personas. Tampoco aparecen los informes que documentan crímenes de lesa humanidad. No es una omisión menor: es un silencio funcional al relato.

La misma lógica opera con otras violencias no occidentales. Regímenes teocráticos, autocracias consolidadas y represiones masivas quedan fuera del foco moral central. No estructuran el diagnóstico del mundo, no exigen consignas equivalentes. El mal aparece localizado, previsible, casi exclusivo. Esa selectividad no es espíritu crítico; es comodidad ideológica.

El País fue durante años un diario incómodo para el poder porque evitaba explicaciones fáciles y rechazaba culpables automáticos. Hoy parece más inclinado a ofrecer a su audiencia un mapa moral sencillo: hegemonías corruptas frente a resistencias implícitamente virtuosas. En ese esquema, Estados Unidos funciona como símbolo antes que como objeto de análisis, y Trump como catalizador perfecto para clausurar cualquier matiz.

No se trata de absolver a Estados Unidos ni de negar sus contradicciones reales. Se trata de exigir algo más básico: que la crítica al poder no dependa de silencios convenientes ni de marcos ideológicos prefabricados. Cuando un medio renuncia a esa exigencia y delega su línea en textos de presentación que actúan como catecismo previo, deja de informar y empieza a adoctrinar.

La desamericanización que el debate contemporáneo necesita no es geopolítica ni cultural, sino intelectual: desprenderse de la tentación de explicar la realidad mediante relatos morales cerrados, donde la complejidad estorba y el disenso se percibe como amenaza. Que un diario como El País no advierta —o decida ignorar— ese riesgo dice más sobre su deriva actual que cualquier ensayo provocador que publique.

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