El régimen interino anuncia liberaciones “importantes”, pero entrega apenas siete nombres mientras casi mil venezolanos continúan como rehenes políticos en cárceles y centros clandestinos del Estado.
El jueves 8 de enero en la noche, Venezuela volvió a presenciar una escena que ya conoce demasiado bien. Las familias de presos políticos se congregaron frente a las cárceles del Estado como si asistieran a un ritual nacional, empujadas por el anuncio de Jorge Rodríguez de que el gobierno interino excarcelaría a “un número importante” de personas detenidas por motivos políticos.
El anuncio que se disuelve al amanecer
Las palabras resonaron como un faro: numeroso, inmediato, pacificador. La realidad, como casi siempre bajo este poder, llegó recortada hasta los huesos.
Nueve nombres. Nueve abrazos reencontrados. Cientos de familias volviendo a casa con las manos vacías. Mientras las cámaras buscaban rostros para la fotografía de la “reconciliación”, casi mil rehenes políticos seguían en las celdas de un país que premia al verdugo y negocia con el cautivo.
No fue un error de cálculo. Es un método.

Rodríguez habló de convivencia y paz, y entregó una lista mínima de excarcelados que incluyó a figuras emblemáticas como Rocío San Miguel, Enrique Márquez y Biagio Pilieri. Un puñado que atrae titulares, enternece a diplomáticos y proyecta la ilusión de un viraje político. Pero el país sabe leer el doble fondo. Sabe que el mismo poder que hoy abre cerraduras puede cerrarlas mañana sobre cualquier otro ciudadano que levante la voz.
En El Helicoide, las lágrimas se mezclaron con miedo y rabia. La celebración fue real, humana, profundamente venezolana. Pero en cada abrazo se escondía una pregunta: ¿por qué ellos, y por qué no los otros? ¿Y cuánto durará esta libertad prestada?
La dictadura lo ha entendido mejor que nadie: las emociones de la gente son un recurso político. Los Rodríguez llevan años moviendo esa palanca con habilidad. No liberan para reparar. Liberan para administrar esperanza, bajar tensiones, aromatizar la represión. Es la lógica de la puerta giratoria: abrir donde se mira, cerrar donde duele.
Dos narrativas en choque frontal

El discurso sincronizado de Delcy Rodríguez lo confirmó sin pudor. En un acto castrense, rodeada de uniformes y banderas, la presidenta interina habló como si Venezuela estuviera en campaña militar y no en un proceso de rectificación histórica. “Aquí nadie se entregó; aquí hubo combate por Chávez, por los libertadores, por Venezuela”, proclamó. Y juró fidelidad eterna al hombre ya preso en Nueva York: “Tenemos compromiso con Nicolás Maduro y no descansaremos hasta verlo de vuelta”.
Mientras la prensa internacional procesaba la noticia de las liberaciones como un alivio humanitario, la mujer que administra el mando parecía vivir en otra secuencia narrativa, una donde Venezuela es víctima de un ataque extranjero y Caracas es un fuerte sitiado que no puede permitirse ceder una pulgada. Esa disonancia es reveladora. No hay proceso transicional real cuando el Estado sigue prometiendo guerra y reivindicando mártires, y mucho menos cuando los liberados son presentados como concesiones graciosas, no como rectificaciones de abusos criminales.

Excarcelados
- José María Basoa y Andrés Martínez Adasme, vascos detenidos en septiembre de 2024 y acusados de planear actos “terroristas” en un contexto de escalada política tras la llegada a Madrid del opositor Edmundo González.
- Miguel Moreno Dapena, periodista canario detenido en junio tras la interceptación venezolana de un barco de exploración marina por un comportamiento “muy sospechoso”.
- Ernesto Gorbe Cardona, detenido en diciembre de 2024 por tener el visado caducado. El español de 52 años, se encontraba recluido en la cárcel de El Rodeo 1 junto al resto de españoles. Fue detenido en la ciudad de Valencia, capital del estado de Carabobo.
- Rocío San Miguel, abogada y defensora de derechos humanos con doble nacionalidad, detenida en febrero de 2024. Organizaciones como Amnistía Internacional habían alertado sobre su delicado estado de salud.
- Enrique Márquez, excandidato presidencial recluido en El Helicoide, sede del Servicio Bolivariano de Inteligencia Nacional (Sebin).
- Biagio Pilieri, recluido en El Helicoide, sede del Servicio Bolivariano de Inteligencia Nacional (Sebin).
- Alejandro Rebolledo, ex magistrado del Tribunal Supremo de Justicia. Fue detenido el 19 de noviembre de 2024. Estaba preso en El Helicoide.
- Larry Osorio Chía. Venezolano de 40 años, padre de seis niños, sargento mayor de segunda del Ejército, fue detenido el 6 de agosto de 2021.
A esa puesta en escena respondió con lucidez María Corina Machado. Su mensaje dirigido a las familias de los liberados fue más que un gesto político: fue una devolución moral a quienes el Estado quiso reducir a silencio. Recordó que los años arrebatados por la cárcel no vuelven, que las ausencias pesan incluso cuando se abren los barrotes, que la lucha por la justicia no puede detenerse mientras existan venezolanos desaparecidos, torturados o judicialmente borrados. Y dio la nota que el poder teme escuchar: “No descansaremos hasta que todos los presos sean libres”.
Ese plural –todos– es el nudo de esta historia. El chavismo pretende que un puñado de excarcelaciones parciales valide su relato de normalización y convivencia. La democracia real sabe que las medias libertades no son justicia, que la reparación no se mide en gestos sino en estructuras: el fin de la prisión política, el desmontaje de la inteligencia represiva, el retorno seguro de exiliados, la neutralidad real de los tribunales, la renuncia al uso del cuerpo de un ciudadano como moneda diplomática.
La Casa Blanca reaccionó con satisfacción, atribuyendo las liberaciones a la “máxima influencia” de Washington. Es posible que tengan razón en el origen de la presión, pero la interpretación pública peca de ingenua, o de oportuno optimismo. Ningún cálculo honesto debería confundir concesiones mínimas con una apertura democrática. Y ningún gobierno serio puede tomarse como buena voluntad lo que claramente es resultado de coerción: Maduro cayó preso, y sus operadores liberan fichas para amortiguar la caída y conservar control interno.
Queda claro que todo esto ocurre dentro de un país cuya maquinaria represiva no se ha detenido ni un día. Mientras Rocío San Miguel entraba a su casa después de meses de aislamiento físico y psicológico, colectivos armados patrullaban barrios para desalentar festejos; jóvenes eran detenidos por grabar videos celebrando la captura de Maduro; y periodistas como Nakary Ramos o activistas como Javier Tarazona seguían desaparecidos para efectos prácticos, atrapados en procesos judiciales que no buscan verdad, sino escarmiento.
No hay transición sin desmontaje. No hay convivencia donde uno manda y el resto obedece bajo amenaza. No hay paz cuando el gobierno juega a liberar y retener al mismo tiempo.
Los hermanos Rodríguez apuestan a que Venezuela acepte estas migajas como inicio de algo más amplio. Confían en el cansancio de un país devastado, en la prudencia de aliados extranjeros que quieren evitar abrir otro frente, en el mecanismo psicológico que lleva a muchas familias a agradecer lo que tendrían que exigir. Pero el país ha cambiado más que ellos. Ya no cree en anuncios altisonantes, ya no se impresiona con ruedas de prensa sin cifras, ya no compra entero cada narrativa de sacrificio y resistencia bolivariana.
Si esta jornada demuestra algo es que la dictadura —aunque descabezada en su figura central— sigue intacta en su lógica: control, negociación por rehenes, comunicación emotiva, victimismo grandilocuente, represión persistente. El poder todavía se siente dueño de la vida y la libertad de los venezolanos.
La Venezuela que quiere reconstruirse desde la verdad no puede conformarse. Debe mirar esta noche con los ojos abiertos: nueve liberaciones no desmantelan un sistema carcelario político. Nueve nombres no equilibran la balanza de casi mil. Nueve abrazos no significan que se acabó el miedo.
María Corina Machado a los familiares de los rehenes liberados:
“Hoy, la verdad que fue perseguida y silenciada durante años logra abrirse paso pese a la arbitrariedad, a la crueldad y al miedo. Durante demasiados meses, incluso décadas, sus familias han sostenido el peso feroz de una condena que no estaba en ningún expediente.
“Nada devuelve los años robados, nada borra las noches largas ni las ausencias irreparables. Pero este día importa porque reconoce lo que siempre supimos: que la injusticia no será eterna, y que la verdad termina por abrirse paso.
“Ustedes no solo acompañaron a sus esposos, padres, hijos y hermanos; sostuvieron la noción misma de justicia frente a un régimen que intentó enterrarla. Que este día les devuelva un poco de paz, que la alegría sea serena y firme.
“No descansaremos hasta que todos los presos sean libres y que Venezuela entera pueda abrazarse en plena democracia y libertad”.
Las dictaduras ceden cuando están obligadas, nunca por virtud interna. Y solo se derrumban de verdad cuando no pueden seguir usando la libertad ajena como pieza negociable.
Venezuela merece y exige más que un gesto administrado desde Miraflores. Merece que todos los suyos regresen a casa. Merece que ninguna cárcel vuelva a ser el teatro de la política. Merece que el poder deje de imaginarse a sí mismo como ejército en guerra y empiece, por fin, a responder ante la ley.
Hasta entonces, el país seguirá contando no cuántos salen, sino cuántos faltan. Y seguirá diciendo en voz alta lo que el chavismo intenta maquillar: mientras exista un solo preso político, seguimos siendo un país secuestrado.



