La campaña en el Pacífico y el Caribe deja cerca de 150 muertos, mientras los indicadores de precio y oferta se mantienen estables
Otros tres narcotraficantes murieron en un reciente contra una embarcación en el este del Pacífico, en el marco de la campaña de interdicción marítima del Comando Sur.
La operación bombardea embarcaciones rápidas –principalmente lanchas tipo “go-fast”– utilizadas en rutas clave entre Sudamérica y Centroamérica, por donde transita una parte sustancial de la cocaína con destino a Estados Unidos.
Durante años, la interdicción se centraba en interceptar cargamentos, detener tripulaciones y judicializar los casos. Con el uso sistemático de fuerza letal introdujo otra lógica: impedir que la mercancía llegue a destino, incluso a costa de eliminar a quienes la transportan.
Sin embargo, los datos más recientes disponibles no muestran una alteración estructural del mercado. A escala global, la oferta se mantiene en niveles altos. Colombia superó las 2.600 toneladas métricas de cocaína en 2023, y las tendencias preliminares de 2024 apuntan a una continuidad en esos niveles, de acuerdo con estimaciones de Naciones Unidas.
Las incautaciones también se mantienen elevadas: aunque las cifras consolidadas de 2024 aún están en proceso de cierre, reportes parciales de autoridades en Estados Unidos, Europa y América Latina indican volúmenes comparables a los máximos recientes.
En paralelo, la administración de Donald Trump sostiene que estas operaciones han impedido la entrada de millones de dólares en droga al mercado estadounidense. Esa afirmación no cuenta, por ahora, con datos públicos desagregados que permitan medir su impacto en precios, disponibilidad o pureza. Sí coincide con un refuerzo de la vigilancia en la frontera con México, donde se intensificaron controles, despliegues y decomisos en los principales puntos de cruce.
Ese doble movimiento —presión en rutas marítimas y refuerzo terrestre— tiende a producir un efecto conocido: el desplazamiento del tráfico. Cuando una vía se encarece o se vuelve más riesgosa, las redes ajustan rutas, fragmentan cargamentos o diversifican corredores.
En los últimos años, ese comportamiento ya se observó con mayor presencia en el Caribe, expansión de rutas hacia el Atlántico y aumento de incautaciones en puertos europeos.
También queda abierta la dimensión de inteligencia. La efectividad de estos ataques depende de la precisión en la identificación de objetivos y de la capacidad de afectar nodos relevantes de las redes, no solo eslabones reemplazables. Sin datos públicos sobre capturas de mandos medios o altos, o sobre la desarticulación de estructuras logísticas, el impacto estratégico sigue siendo difícil de medir.
La campaña muestra capacidad de acción y control táctico en determinadas zonas del Pacífico. Lo que sigue en disputa es si logra alterar el funcionamiento del mercado o si, como ha ocurrido antes, el narcotráfico absorbe el golpe, reconfigura sus rutas y continúa operando.



