La entrevista en El Mundo apunta al talento de Trump, pero omite los incentivos y estructuras que sostienen su poder.
“David Cay Johnston: ‘El mayor talento de Trump es su habilidad para estafar, para hacer que la gente crea sus disparates’”. Así tituló El Mundo la entrevista de su corresponsal en Washington, Pablo R. Suanzes, con el periodista que lleva décadas siguiendo la trayectoria de Donald Trump.
La tesis es eficaz. También insuficiente.
Reducir el fenómeno a una habilidad individual tiene una ventaja: tranquiliza. Si el problema es un individuo con un talento singular para engañar, la solución parece acumulativa. Más pruebas, más datos, más escrutinio. Tarde o temprano, la realidad se impone. Es una idea cómoda y, en el fondo, optimista: el sistema funciona, solo necesita tiempo.
Pero esa premisa no resiste los hechos.
La hipótesis alternativa es menos reconfortante y más útil. Trump no sería tanto una anomalía como un operador eficaz dentro de un sistema que ha cambiado. Antes, el sistema obligaba a jugar en un terreno más estrecho. Ganar implicaba persuadir a un electorado más amplio, no solo activar a la base. Los partidos filtraban y contenían a sus candidatos, y los medios, con todos sus sesgos, aún funcionaban como árbitros reconocidos. Los escándalos tenían consecuencias más previsibles. Ese equilibrio —imperfecto, pero operativo— es el que se ha ido erosionando.
En el actual contexto, la evidencia no desaparece, pero pierde centralidad. Ya no ordena la conversación: entra en ella como una pieza más, filtrada por identidades, lealtades y marcos previos. No corrige; compite.
Hay, además, un punto donde la explicación de Johnston se vuelve más frágil: cuando recurre a la biografía. La figura del padre, la formación temprana, el origen del carácter. Puede ser sugerente. Pero ahí la tesis pierde tracción. Porque aunque describa al individuo, no explica el fenómeno. No aclara por qué ese perfil no solo llega al poder, sino que lo retiene pese a evidencia adversa. La política no es un consultorio. Es un sistema de incentivos.
Eso obliga a mover el foco. No basta con describir al personaje. Hay que mirar el terreno.
Las primarias son el primer filtro real de poder. No decide el electorado general, sino segmentos más ideologizados, más activos y menos dispuestos a premiar la disidencia. El mensaje es claro: enfrentarse al líder tiene un coste inmediato; alinearse, una recompensa tangible. No es una cuestión de convicciones, es de incentivos.
La financiación refuerza esa lógica. El dinero no sigue la moderación ni la prudencia, sino la capacidad de movilizar y polarizar. La visibilidad sustituye al matiz. Quien tensiona, recauda. Quien matiza, desaparece.
El ecosistema mediático completa el cuadro. La fragmentación ha erosionado cualquier centro común. No hay un espacio compartido donde los hechos se impongan; hay audiencias que los interpretan desde marcos distintos. Cada revelación llega ya codificada. Para unos confirma; para otros desacredita a quien la emite.
En ese entorno, la acumulación de pruebas no produce necesariamente erosión política. Produce saturación, desgaste selectivo, indiferencia. La información se multiplica; la confianza no.
También hay responsabilidades más incómodas. Parte de las élites políticas ha asumido que el coste de confrontar a Trump dentro de su propio campo es mayor que el de convivir con él. Es un cálculo. Y sus efectos se acumulan.
Algo parecido ocurre en los medios. Entre la normalización y la espectacularización, el resultado es el mismo: el foco se desplaza del análisis a la secuencia de episodios. Mucho ruido, poca jerarquía.
Nada de esto niega que Trump tenga habilidades políticas evidentes. Las tiene. Pero convertirlas en explicación total es un atajo. Porque desplaza la pregunta clave: no qué hace él, sino por qué funciona.
Y la respuesta no está solo en el individuo. Si mañana desapareciera, muchas de las condiciones que lo sostienen seguirían ahí. Ese es el problema.



