“Los enfoques de tolerancia cero son ‘racializados y etnocéntricos’, y directamente perjudiciales para las mismas mujeres y niñas que dicen proteger”, argumentan.

Josefina Bartosch / UnHerd
Un grupo de 25 académicos –23 mujeres y 2 hombres– de la Gran Bretaña ha traspasado una barrera moral que haría palidecer incluso a los más radicales que acechan en los rincones más oscuros de internet.
Los investigadores de prestigiosas instituciones como la Universidad de Cambridge, la Universidad de Bristol y la Facultad de Medicina de Brighton y Sussex publicaron un artículo en la Revista de Ética Médica que replantea la mutilación genital femenina no como abuso, sino como una práctica cultural incomprendida que necesita un lenguaje más suave.
El artículo “Daños de la actual campaña mundial contra la mutilación genital femenina” no se escandaliza ante la evidente brutalidad de la mutilación genital femenina: la extirpación del clítoris y la sutura de la carne viva. En cambio, se centra en el supuesto daño causado por la oposición a estas prácticas.
“Los enfoques de tolerancia cero son ‘racializados y etnocéntricos’, y directamente perjudiciales para las mismas mujeres y niñas que dicen proteger”, argumentan.
Se nos invita a creer que el verdadero escándalo no reside en lo que se hace con los cuerpos de las niñas, sino en la mala educación de activistas, periodistas y legisladores occidentales que insisten en llamarlo mutilación. Y nos dicen que las leyes diseñadas para proteger a la infancia socavan la privacidad, la autonomía y la autodeterminación de las personas, las familias y las comunidades.
Para profundizar en este punto, establecen una equivalencia entre la mutilación genital en África y la moda occidental de la labioplastia cosmética, prácticas innegablemente moldeadas por mitos sexistas sobre el aspecto que se supone que deben tener los cuerpos femeninos. Sin embargo, solo una de ellas se impone a niñas que no tienen capacidad para negarse.
Sin duda, la mutilación genital femenina adopta diferentes formas e inflige diversos grados de lesión y angustia. También es cierto que quienes fueron criados para considerar este abuso como normal pueden irritarse ante el juicio moral.
La autora principal del estudio, Fuambai Sia Nyoko Ahmadu, es un símbolo de esta tensión. Actualmente residente en Estados Unidos, regresó a Sierra Leona a los 22 años, por invitación de su madre, para que le extirparan el clítoris y los labios menores como parte de un esfuerzo por reconectarse con su herencia Kono.
Su reconciliación con esa decisión como adulta puede ser sincera. Sin embargo, no se puede admitir que resuelva la cuestión para todos los demás, y menos para las niñas que no tienen elección alguna.

Una vez que se acepta que el significado cultural puede redimir cualquier práctica, la mutilación genital se convierte en una simple entrada en un catálogo de sufrimiento femenino global que, aparentemente, ya no se nos permite juzgar, so pena de ser acusadas de racismo o, en palabras de las autoras, de alinearnos con los “marcos de desarrollo neocolonial”.
Sin embargo, una característica definitoria del racismo es la negativa a aplicar las normas morales por igual. Precisamente, tratar a algunas personas como tan culturalmente delicadas o moralmente diferentes, que las normas básicas de integridad física y protección infantil no les son aplicables. Un peligroso relativismo cultural que garantiza que las niñas occidentales estén protegidas, mientras que las niñas no occidentales son “contextualizadas”.
En la India, las niñas todavía son abandonadas rutinariamente por la preferencia por los hijos varones. En Yemen, miles de niñas son obligadas a casarse siendo niñas. En Afganistán, nueve de cada diez mujeres afirman que está justificado que un esposo golpee a la esposa.
Son hechos que pueden interpretarse de dos maneras: como violaciones de los derechos humanos o como normas culturalmente arraigadas que sería “neocolonial” o insuficientemente matizadas condenar.
¿Es realmente un acto de opresión decirle a una mujer que debe aspirar a vivir fuera del alcance del puño de un hombre?
La postura de moda entre ciertos académicos es que el juicio moral en sí mismo constituye la verdadera violencia. El daño no reside en lo que se hace con los cuerpos de las niñas, sino en la vehemencia con la que se oponen a ello los demás.
Gracias a ellos, hoy en día, el cuchillo ya no está solo en manos de quienes lo cortan, sino en las notas a pie de página, desmontando la idea de que algunas cosas están mal en todas partes, siempre, y especialmente cuando se hacen a las niñas.


