La rendición del chavismo (aunque no lo admitan)

La rendición del chavismo (aunque no lo admitan)

La caída de Maduro no es simbólica, es estructural. Se eliminó el vértice que articulaba poder armado, redes criminales, coerción política. No hay celebración, hay silencio, y el silencio en estos casos es señal de avance.

Hay momentos históricos que no llegan con banderas, no entran con discursos emotivos ni con líderes levantando el puño. Llegan en silencio, en frío, con frases secas y con decisiones que incomodan. Eso fue lo que ocurrió cuando Donald Trump habló sobre Venezuela.

No habló para enamorar, habló para cerrar un problema de poder. Y ahí comienza la confusión de muchos venezolanos. Durante años se instaló una expectativa peligrosa, que el cambio político sería un acto redentor, una victoria moral, un ajuste de cuentas con la historia.

Pero los cambios de régimen no ocurren para sanar traumas colectivos, ocurren para neutralizar amenazas y reordenar el poder. Trump no habló de justicia histórica, habló de orden, control, riesgo y resultado. Eso no es cinismo, es realismo estratégico.

Cuando Trump dice We are going to run it, no está anunciando una colonización. Está diciendo algo mucho más concreto y tranquilizador. Estados Unidos no va a delegar la transición en actores que no pueden garantizar que el chavismo no regrese.

Administrar no es gobernar eternamente, es evitar el rebote del caos. Cuando un país está capturado por estructuras criminales, económicamente colapsado, institucionalmente destruido, la autonomía inmediata no es una virtud, es más bien un riesgo. Aquí aparece una de las mayores incomodidades.

Trump no descalifica a María Colina Machado como persona, la descalifica como garantía operativa inmediata. Eso no invalida su lucha, no borra su coherencia, no la convierte en enemiga del cambio. Pero, en lógica de poder duro, tener razón no equivale a poder gobernar un territorio descompuesto.

Estados Unidos no está evaluando quién representa mejor el sufrimiento venezolano, está evaluando quién reduce riesgos sistémicos y esa evaluación es fría por definición. Este es el punto más importante de todo el proceso. Cuando Delcy Rodríguez entrega a Nicolás Maduro, aunque ella lo racionalice como cooperación o canal de diálogo en la práctica, ocurre algo irreversible, el chavismo se rinde.

No ideológicamente, no discursivamente, sino operativamente. Un régimen que entrega a su jefe máximo, acepta condiciones impuestas, reconoce que no tiene opción, actúa bajo supervisión externa, no está negociando entre iguales, está cediendo su núcleo de poder al imperio que juró combatir. Aunque no lo admita, aunque no lo entienda así, eso es una rendición asimétrica.

Muchos sienten incomodidad porque el proceso no huele a democracia, y tienen razón, no huele a democracia porque todavía no puede serlo. La democracia no se instala sobre carteles armados, economías criminales, estados capturados. Primero se desmantela, luego se administra el vacío, después se institucionaliza.

Ese orden no es bonito, pero es el único que funciona. Aquí viene la parte clave para disipar la ansiedad. La transición que se perfila no es un evento, es un proceso secuencial, donde en la primera fase hay una desactivación del núcleo criminal que ya está en marcha.

La caída de Maduro no es simbólica, es estructural. Se eliminó el vértice que articulaba poder armado, redes criminales, coerción política. Por eso no hay celebración, hay silencio, y el silencio en estos casos es señal de avance.

En una segunda fase, la administración transitoria y control del territorio. Cuando Trump dice we are going to run it, significa control de fuerzas armadas, control de puertos y fronteras, control financiero, control de infraestructura crítica. Figuras del chavismo no gobiernan, ejecutan bajo tutela, sin margen estratégico propio.

Esto no es gobierno, es gestión bajo supervisión. En una tercera fase viene la estabilización básica, la vida cotidiana primero. Antes de democracia viene algo esencial que es la normalidad mínima, servicios, orden, seguridad, reglas claras, previsibilidad.

La gente vuelve a saber qué se puede hacer, qué no, quién manda y bajo qué reglas. Eso baja la angustia social. Y en una cuarta fase, la reconstrucción económica con ancla externa.

Y aquí entra el petróleo no como botín, sino como seguro de continuidad. La inversión energética financia la transición, ata intereses estadounidenses al éxito del proceso, evita el abandono. Mientras Venezuela sea un activo estratégico, el proceso no se deja a medio camino.

En una quinta fase viene la apertura política acondicionada. Sólo cuando el aparato criminal esté neutralizado, el territorio controlado, la economía estabilizada, se abre el juego político. No como un salto al vacío, sino como un proceso gradual, vigilado y sostenible.

Si esperabas pureza ideológica, justicia inmediata, épica, democrática, este proceso te va a incomodar. Pero si lo que quieres es que el chavismo no vuelva, que el aparato criminal sea desmontado, que no haya retroceso, que la transición sea irreversible, entonces este enfoque es exactamente el que funciona. Venezuela no está entrando en un milagro, está saliendo de una estructura criminal.

El chavismo no cayó con aplausos, cayó cuando entregó a su jefe. Y el futuro que se abre no es épico, pero puede ser estable, previsible y reconstruible. A veces el verdadero comienzo no llega cuando gritamos victoria, sino cuando el poder real cambia de manos, aunque nadie quiera admitirlo.

Entender eso no elimina el dolor del pasado, pero sí permite mirar el porvenir con menos ansiedad y con una esperanza más sólida. Porque esta vez no está basada en ilusión, sino en control del resultado. Esta ha sido una nueva entrega de Política sin pasiones.

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