El cambio en el BCV señala que el sistema sigue intacto

El cambio en el BCV señala que el sistema sigue intacto

La llegada de Luis Alberto Pérez González al BCV no corrige el modelo: lo hace más presentable mientras preserva la arquitectura financiera y política que lo sostiene.

El relevo en el Banco Central de Venezuela no responde a una lógica técnica. Llega en un momento en que el gobierno necesita dos cosas a la vez: sostener el control político del sistema financiero y ofrecer una apariencia mínima de normalización hacia afuera. Esa tensión define el movimiento.

Durante años, el BCV dejó de ser un árbitro. Se convirtió en un engranaje. La política monetaria se subordinó a la urgencia fiscal, la opacidad sustituyó a la rendición de cuentas y las cifras dejaron de ser información para convertirse en mensajes. No es un desvío puntual. Es un cambio de función. El banco central no ordena la economía: acompaña decisiones tomadas en otro nivel.

Ese desplazamiento se consolidó en paralelo al cierre del acceso al sistema financiero internacional. Las sanciones y la pérdida de credibilidad aislaron a Venezuela de los circuitos tradicionales. La respuesta no fue reabrirlos mediante reformas, sino rodearlos.

En ese contexto, instituciones como el Banco de Desarrollo Económico y Social de Venezuela adquirieron un papel específico: canalizar recursos, intermediar operaciones y sostener flujos fuera de los mecanismos habituales. La sanción de la Oficina de Control de Activos Extranjeros no se explica por un episodio aislado, sino por esa función dentro del sistema.

A esa red interna se sumó una capa externa. La relación con Irán pasó de lo retórico a lo operativo: cooperación energética, asistencia técnica, esquemas de intercambio que permiten sortear bloqueos. No es una alianza convencional ni transparente. Es una infraestructura alternativa que se activa cuando el sistema principal no está disponible.

En ese entramado aparece Luis Alberto Pérez González. No irrumpe desde fuera ni encarna una corrección de rumbo. Es un producto del propio aparato: formado dentro de la administración, con años de tránsito por distintas dependencias y sin rupturas visibles en su recorrido.

Su perfil introduce un contraste que no es menor. Llega relativamente joven a la jefatura del BCV, pero lo hace después de una trayectoria extensa en el sector público.

No es una carrera asociada a momentos decisivos ni a la conducción de políticas que hayan marcado el curso de la economía. Es, más bien, una acumulación de funciones técnicas y administrativas sin exposición ni firma propia en decisiones de alto impacto.

Ese tipo de recorrido suele pasar desapercibido hasta que deja de hacerlo. La ausencia de hitos, de posiciones públicas, de intervenciones reconocibles, delimita un modo de estar en la estructura: sin fricción, sin protagonismo, sin desvíos. Una forma de permanencia que privilegia la continuidad sobre la iniciativa.

Fuera de ese circuito, su presencia ha sido lateral. Registros abiertos lo sitúan en actividades culturales, en espacios donde la política no es el eje. No construyen una imagen pública en sentido estricto, pero acentúan la distancia entre su visibilidad previa y la responsabilidad que ahora asume.

Esa distancia no es una anomalía. Es funcional. En un sistema donde el margen de decisión está concentrado, el banco central no necesita figuras que lo tensionen, sino que lo ejecuten. La designación de Pérez González se entiende ahí: no como una apuesta personal, sino como la elección de alguien que no altera el equilibrio existente.

El patrón no se limita al ámbito económico. Se reproduce en otras áreas del Estado con mayor nitidez. El nombramiento de Daniella Cabello al frente del Ministerio de Turismo introduce un elemento explícito: la pertenencia directa al núcleo de poder. Hija de Diosdado Cabello, su llegada no responde a una trayectoria consolidada en la gestión turística ni a un perfil técnico, sino a una lógica de afirmación interna dentro del sistema.

Su recorrido previo, vinculado al ámbito mediático y cultural, acentúa el contraste entre exposición pública y responsabilidad institucional. No es una excepción. Es una señal. El acceso a posiciones de alto nivel no se define por especialización sectorial, sino por cercanía y confiabilidad política.

El mismo patrón se observa en Rosinés Chávez, al frente del Instituto Nacional de Parques. Su nombramiento no responde a una carrera técnica en gestión ambiental, sino a su inserción en el entorno de poder. En estos casos, como en el del BCV, la variable determinante no es la experiencia sectorial ni la visibilidad previa. Es la integración sin fricción en la estructura.

En paralelo, la figura de Pérez González empieza a circular en redes a través de imágenes que lo sitúan en Teherán, en espacios institucionales donde aparece la iconografía de Qasem Soleimani. El material carece de verificación independiente y no permite establecer vínculos operativos. Pero su persistencia no es irrelevante. Funciona porque encaja con el marco existente: un sistema que depende de circuitos externos no convencionales para sostenerse.

La reiteración de esas imágenes en cuentas y portales de distintas líneas editoriales no añade prueba, pero sí construye un encuadre. Inserta al nuevo presidente del BCV en un eje geopolítico coherente con las alianzas que el país ha desarrollado en los últimos años. No demuestra una relación. La vuelve verosímil dentro de una lógica ya conocida.

El punto no es la foto. Es el sistema que hace que la foto resulte creíble.

Leído en conjunto, el relevo en el Banco Central no marca una ruptura. Tampoco una corrección de fondo. Es un ajuste. El poder redistribuye posiciones, introduce perfiles más presentables, reduce exposición innecesaria y conserva el control de las decisiones sustantivas.

El BCV no recupera autonomía. Recupera forma. Y en esa diferencia —entre lo que parece cambiar y lo que permanece— se define el alcance real del nombramiento.

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