Sectores laborales, estudiantiles y familiares de presos políticos concentran sus demandas en el jefe del aparato de seguridad. No es solo una consigna: es la identificación de un centro de poder en un sistema sin controles efectivos.
La exigencia de destitución de Diosdado Cabello dejó de ser una consigna marginal. En una marcha de trabajadores en Caracas, distintos sectores sindicales la colocaron en el centro de la protesta, junto con denuncias directas de represión.
El señalamiento no es abstracto. Apunta a quien controla el aparato de seguridad y orden interno. En sistemas donde la cadena de mando es opaca, la responsabilidad política tiende a concentrarse en quien ejerce control efectivo sobre la coerción.
Los testimonios recogidos durante la manifestación son explícitos. Los participantes denunciaron represión y demandan un cambio político. “Exigiendo la destitución de Diosdado Cabello, un dictador que reprime al pueblo venezolano”, afirmó uno de los trabajadores. Añadieron que no hay miedo y que existe una demanda sostenida de cambio.
El dato relevante no es el lenguaje, sino la dirección de la demanda. No se dirigieron a instituciones. No apelaron a mecanismos formales de denuncia. Señalaron directamente a la figura que identifican como responsable.
Ese desplazamiento tiene una causa. Cuando los canales institucionales no procesan denuncias o no generan confianza, la presión se traslada fuera del sistema. La protesta sustituye al procedimiento.
El contexto amplifica ese movimiento. Tras la captura de Nicolás Maduro en enero de 2026, el poder en Venezuela opera en una configuración inestable. Delcy Rodríguez ha asumido funciones de conducción política, pero el control de los aparatos de seguridad permanece en manos de Cabello.
Ese control lo convierte en un punto crítico. No es un actor más. Es quien administra la capacidad coercitiva del Estado.
A partir de ahí, se acumulan versiones. Reportes de prensa y filtraciones no confirmadas apuntan a tensiones internas, presiones para su salida y posibles escenarios de negociación. No hay documentación pública que permita tratarlas como hechos. Sí hay un patrón: su nombre aparece de forma recurrente en cualquier hipótesis de reconfiguración del poder.
El patrón indica dónde está el centro de gravedad del sistema. Por eso la exigencia de destitución no es un gesto simbólico. Es una lectura política: quien controla la coerción concentra la responsabilidad. Y cuando esa responsabilidad no encuentra cauces institucionales, la presión se convierte en demanda directa de salida.



