La venta inicial por 500 millones de dólares reabre una pregunta crucial: cómo lograr que el petróleo beneficie directamente al ciudadano y no al poder.
La primera venta abierta de petróleo venezolano en años —quinientos millones de dólares administrados íntegramente desde Estados Unidos— marca un giro inesperado en la larguísima saga del crudo que nunca regresa al país. Por primera vez, los barriles exportados se convierten en dinero que no pasa por los circuitos que durante dos décadas decidieron el destino de cada dólar sin dejar demasiado rastro para el ciudadano común.
Más allá de la cifra y el titular, el movimiento deja al descubierto la pregunta que define este nuevo momento venezolano: quién se beneficia del petróleo y cómo. La respuesta ya no remite solo a Caracas ni a la vieja maquinaria que controló PDVSA, sino a un debate más amplio sobre qué hacer con un ingreso que vuelve, pero no toca todavía la vida diaria de un país exhausto y expectante.

EL CÍRCULO VICIOSO: EL PETRÓLEO SE VA, EL DOLOR SE QUEDA
Estados Unidos confirmó esta semana que completó la primera venta de crudo venezolano por quinientos millones de dólares, parte inicial de un acuerdo mayor de dos mil millones negociado entre Washington y Caracas. La noticia sonó a alivio en un país exhausto, habituado a que la palabra petróleo signifique abundancia para unos pocos y frustración para casi todos.
Pero el dinero no regresó a Venezuela ni tocó un ministerio, y la vida cotidiana no se movió un milímetro.

Durante dos décadas, la secuencia fue la misma: el crudo salía, los dólares entraban, y el ciudadano común seguía atrapado entre salarios simbólicos y servicios en ruinas. Las colas para la gasolina se volvieron paisaje; cocinar con leña dejó de escandalizar; los hospitales sobrevivieron con donaciones; y el transporte público se convirtió en una ruleta de combustibles racionados y repuestos inalcanzables.
Esa desconexión entre riqueza exportada e indigencia interna fracturó la noción más básica de ciudadanía: que el país trabaja para su gente, no al revés.
EL GIRO: DINERO CONTROLADO FUERA DE VENEZUELA
Las nuevas ventas ocurren bajo un esquema que rompe parcialmente ese patrón.
Los ingresos quedan bajo control directo de Washington, no de estructuras venezolanas. Ninguna facción administrativa, partido, interinato o figura con poder interno decide su destino. Es un candado aplicado después de ver cómo PDVSA pasó de ser la locomotora de un país a un laboratorio de improvisación, politización y pérdida de capacidades técnicas.
En Estados Unidos esta fórmula es vista como prudente. En Venezuela, se traduce en ansiedad: el país vuelve a exportar, pero el venezolano aún no siente el impacto.
SE ESTÁ DISPUTANDO EL DESTINO, NO BARRILES
Sin embargo, algo distinto se mueve bajo la superficie. Organismos multilaterales, economistas petroleros y diplomáticos manejan un planteamiento que parecía ciencia ficción hace pocos años: crear un mecanismo que permita que parte del dinero de estas ventas vaya directamente al ciudadano o financie servicios básicos, sin pasar por ninguna autoridad local con capacidad de capturar la renta.
El principio es simple y subversivo: si no hay instituciones confiables dentro, se construyen fuera.
El plan imaginado —y cada vez más discutido— contempla un fondo administrado por Estados Unidos, BID, CAF y representantes técnicos venezolanos. Nada de ministerios, asesores o gestores designados políticamente; solo gobernanza con auditoría pública, estados financieros abiertos y cláusulas que congelan operaciones si alguien intenta meter la mano.
Es una idea incómoda, pero no inédita. Modelos similares funcionaron en Irak tras la guerra y en Timor-Leste, y son norma en fondos soberanos transparentes.
Para que un dólar llegue al ciudadano, primero hay que saber quién es el ciudadano. La propuesta incluye construir un padrón limpio: reunir registros, depurarlos, validarlos con tecnología ligera -huella o rostro- y administrarlos sin intervención política.
No es un salto al vacío. Brasil levantó algo parecido con Bolsa Familia; la India lo hizo para más de mil millones de personas.
Con un fondo y un padrón, aparece lo verdaderamente transformador. El petróleo empieza a bajar del subsuelo a la vida diaria: una recarga mensual para una madre que trabaja, medicinas que llegan a hospitales sin intermediarios, gas doméstico suficiente para abandonar la leña, refinerías con repuestos básicos para operar más de unas horas al día.
No son discursos ni promesas sino alivios concretos, pagados con el recurso que siempre sostuvo la nación.
Con un fondo y un padrón, aparece lo verdaderamente transformador. El petróleo empieza a bajar del subsuelo a la vida diaria: una recarga mensual para una madre que trabaja, medicinas que llegan a hospitales sin intermediarios, gas doméstico suficiente para abandonar la leña, refinerías con repuestos básicos para operar más de unas horas al día.
Cómo podría llegar el petróleo al ciudadano

• Los ingresos de las ventas se depositan en cuentas controladas fuera de Venezuela.
• Un fondo administrado por EE UU y organismos multilaterales decidiría el gasto con auditoría pública.
• Un padrón limpio y verificado identifica a cada beneficiario sin criterios políticos.
• Los recursos se usan para tres frentes visibles:
– transferencias digitales a familias,
– medicinas e insumos adquiridos sin intermediarios,
– combustibles y gas para transporte y hogares.
• Si ocurre algún intento de captura política, el mecanismo se congela automáticamente.
La meta es que cada barril exportado produzca un beneficio directo para la gente, no para el poder.
No son discursos ni promesas sino alivios concretos, pagados con el recurso que siempre sostuvo la nación.
LA PRUEBA MORAL PARA UN NUEVO CICLO VENEZOLANO
Todo esto ocurre en un país que Delcy Rodríguez ha descrito como un “nuevo momento”. Si ese nuevo momento significa algo más que un cambio de voceros, debe empezar por desmontar la vieja relación tóxica entre poder y petróleo.
El ciudadano descubrirá que el país está cambiando cuando un barril exportado deje de ser noticia abstracta y se convierta en comida, medicina o luz eléctrica. Y cuando desaparezca la pregunta más devastadora del venezolano contemporáneo: “¿Y a mí, cuándo me toca?”.
Cuando el petróleo vuelva a responderla con hechos, no con propaganda, habrá empezado la reconstrucción.



