Gritos en la noche y una niña que espera: otra cara de la opresión

Gritos en la noche y una niña que espera: otra cara de la opresión

Más de 200 detenidos en El Rodeo I mantienen una huelga de hambre mientras sus familias se comunican con ellos a gritos desde el exterior. En paralelo, el testimonio de una niña que pide la libertad de su madre expone el costo humano de las detenciones. La escena ocurre en medio de un proceso de excarcelaciones parcial y cuestionado.

El testimonio de una niña que pide la liberación de su madre, Ancarlis Geluso, detenida desde hace más de nueve meses, coincide con la huelga de hambre de presos políticos en El Rodeo I, donde familiares y reclusos se comunican a gritos. Las excarcelaciones avanzan de forma parcial y dejan fuera a decenas de casos.

Una niña de 11 años habla frente a cámara y pide una sola cosa: que su madre vuelva a casa. La mujer se llama Ancarlis Geluso. Está detenida desde hace más de nueve meses tras compartir una imagen relacionada con el dólar. No hay violencia en el hecho ni daño material. Hay una publicación y una imputación que la mantiene presa. La niña no discute el expediente. Describe a su madre: cristiana, trabajadora, “una mujer normal”.

Luego fija su petición: que se aplique la Ley de Amnistía. La familia ha seguido la ruta institucional completa. Documentos entregados en fiscalías, tribunales y gobernaciones. Solicitudes reiteradas. Ningún resultado. “Ya llenamos de documentos sus oficinas. Ahora solo quiero llenar mi casa con su presencia”. La frase no resume un caso. Lo expone.

En paralelo, a kilómetros de allí, la comunicación ocurre sin cámaras ni micrófonos. En El Rodeo I, durante la noche, los presos políticos gritan hacia el exterior y sus familiares responden. Intercambian nombres, consignas breves, confirmaciones de vida. Es un sistema elemental, repetido varias veces al día. “Seguimos en huelga de hambre”, gritan desde dentro. Más de 200 detenidos en ese penal sostienen la protesta tras quedar fuera de las recientes medidas de excarcelación. Reclaman inclusión en la amnistía y revisión de sus casos. Algunos han endurecido la huelga en condiciones de reclusión que limitan atención médica y contacto regular con sus familias.

Las voces cumplen una función precisa: sostener el vínculo y sostener la presión. El contraste entre ambas escenas es operativo. Por un lado, una niña que identifica a su madre, explica el caso y pide una decisión administrativa concreta. Por otro, un grupo de detenidos que ha pasado del expediente a la resistencia física. El contexto no resuelve esa tensión.

La amnistía ha producido liberaciones, pero de forma selectiva. El criterio de inclusión no es público en detalle y los tiempos no son homogéneos. El resultado es un mapa fragmentado: algunos salen, otros quedan. Ancarlis Geluso está entre los que quedan. La niña ya agotó el procedimiento disponible para una familia: insistir, documentar, pedir. Ahora traslada la solicitud al espacio público, donde la respuesta no depende de un escrito sino de una decisión. En El Rodeo I, la lógica es distinta. No hay intermediación posible. La voz sustituye al trámite.

Ambas escenas ocurren al mismo tiempo y sobre el mismo problema: detenciones que no encuentran salida dentro del propio sistema que las produjo. Lo que está en juego no es la narrativa del caso. Es la resolución. Y, de momento, no llega.

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