No hubo escondite donde guarecerse. Habíamos sido declarados culpables y teníamos que pagar. Llegaron al poder con el odio como bandera, algunos lo han declarado con orgullo: “La Revolución Bolivariana es nuestra venganza personal”
Maite Espinasa / El Nacional
No hay gráficos que muestren las vidas rotas, una medida que refleje esa parte de la catástrofe, de la dimensión del dolor infringido. Las vidas quebradas, fracturadas, partidas, quebrantadas, vulneradas, deshechas, trituradas, segadas, suspendidas, interrumpidas, descompuestas, destruidas.
Cuando hablo de vida me refiero a casa, familia, vecinos, amigos, estudios, trabajo, profesión, oficio, querencias, espacios, canciones, lenguaje, historia, ceremonias, remedios, sonidos, olores, voces, calles, libros, sabores, paisajes, colores, clima, luz, movimientos, costumbres, maneras, entendimientos, valores, acuerdos tácitos, improperios, símbolos. Las coordenadas sobre la que cada uno va construyendo su vida.
En Venezuela no hubo escapatoria, ni siquiera para los que partieron, la propia decisión de hacerlo abría una grieta insalvable, distanciarte de tu propia vida.
Las vidas que comenzaban, las que iban creciendo, las que habíamos construido, las que queríamos mantener, mejorar, modificar, según nuestras propias decisiones y posibilidades. El régimen puso su mejor empeño en que nadie fuera excluido. En eso, todos fuimos iguales, también ellos, sus líderes y militantes –las prebendas tienen su precio–, nadie ha quedado a salvo.
Para lograrlo, sometieron al país a las órdenes de Fidel Castro y su camarilla. Quizás la primera vez en la historia de la humanidad que un país, lleno de riquezas, se somete voluntariamente a una pequeña isla depauperada. Nadie nunca se atrevió a tanto, humillaron al país y a los venezolanos.
La fórmula para el éxito era fácil: tener a los ciudadanos bajo amenaza y hacer de sus vidas un infierno.

Un plan de destrucción masiva: vidas, instituciones, convenciones, símbolos, moneda, industria, mercado, empresas públicas y privadas, aparato productivo, infraestructura, seguridad, hospitales, escuelas, universidades, vías de comunicación, respeto, lenguaje. No hubo escondite donde guarecerse. Habíamos sido declarados culpables y teníamos que pagar. Llegaron al poder con el odio como bandera, algunos lo han declarado con orgullo: “La revolución bolivariana es nuestra venganza personal” (Delcy Rodríguez, dixit).
Pero, aun así, a pesar de contar con recursos ingentes y asesores expertos – cubanos, chinos, rusos, iraníes, guerrilleros–, no lo lograron. En su ecuación, obviaron lo más importante, lo que nos constituye, el talante venezolano. La capacidad con que cuenta para hacer frente a las adversidades y reponerse, es asombrosa. Cómo dudarlo, se han levantado una y otra vez ante cada una de las atrocidades cometidas por el régimen. Y, muchos de los que partieron, desgastaron sus zapatos por los caminos, atravesando el continente, hasta el sur o hasta el norte.
A la primera señal, las calles comenzaron a llenarse de protestas al grito de “con mis hijos no te metas”. Y hoy, pasados veintiséis años, este 12 de febrero, esos hijos se echaron a las calles, exigiendo la libertad de los presos políticos y la de todos los venezolanos. Acudieron al llamado de Miguelángel Suárez –presidente de la FCU/UCV– quien declaró: “no tengo miedo de ir preso, tengo miedo de no conocer la democracia”.
La gesta del 28 de julio de 2024 será recordada por siempre. Ya conocemos la historia. A tres meses de la contienda electoral, frente al poderío de un régimen inescrupuloso, en la otra esquina, la Plataforma Unitaria, con escasos recursos y un desconocido, que aceptó el reto, como candidato. La apuesta era temeraria.
María Corina Machado había sellado su legitimidad con las primarias y, tras sus recorridos, se forjó un liderazgo incuestionable. No dudó en asumir tamaño compromiso: recorrer el país de punta a punta y convencer a los venezolanos de votar por Edmundo González Urrutia.
María Corina –junto a Guanipa, Solórzano, Martínez, Piglieri, Ramos– tomaron la carretera dispuestos a recorrer los 916.445 Km2 de territorio que tenían por delante. Cien días rodando para llevar el mensaje hasta los confines, enfrentando toda clase de atropellos por parte de los organismos del Estado. Pero esas dificultades les imprimía más fuerza y convicción y, lo que en principio fueron ríos de gente recibiéndolos, se fueron convirtiendo en mareas enormes, embravecidas.
Los medios, silenciados, no hubo cuñas, ni vallas, tampoco carteles. Tarimas improvisadas, apenas precarios equipos de sonido. Solo los registros visuales que reporteros independientes y ciudadanos comunes ponían a circular por las redes. Una campaña sostenida por celulares y calle, mucha calle. Una campaña inédita.
Por su parte, otro mar de gente tejía una gigantesca red, consolidando un entramado de equipos responsables de que, esta vez, tuviéramos las pruebas del triunfo en nuestras manos. Seiscientos mil voluntarios desplegados por la extensa geografía nacional lograron la hazaña, se dice pronto. Con ello, finalmente el país logró ser escuchado por el mundo y que, algunos, entendieran la magnitud de nuestra tragedia.
Nunca, como hoy, hemos estado tan cerca de que nuestro deseo se haga una realidad. Ha sido duro, mucho, pero nadie doblegará nuestra convicción democrática y el firme deseo de disfrutar de nuevo de esa convivencia pacífica que los venezolanos tanto añoramos.



