El 3 de enero y la destrucción de la fortaleza aérea rusa

El 3 de enero y la destrucción de la fortaleza aérea rusa

Un despliegue combinado de guerra electrónica, ciberoperaciones y munición de precisión desactivó en menos de media hora el entramado ruso que sostenía la defensa antiaérea venezolana, dejó a los Su-30 y F-16 sin despegar y abrió el corredor hacia Fuerte Tiuna, según el memorando y las declaraciones citadas en la reconstrucción

Antonieta Jurado / EL NACIONAL

Venezuela había invertido durante dos décadas en construir lo que el régimen chavista promocionaba como el sistema de defensa aérea más poderoso de América Latina, con sistemas Buk-M2E de fabricación rusa, baterías S-300VM, miles de misiles portátiles Igla-S (SA-24 Grinch) y una flota de cazas Su-30MK2V y F-16 constituían, al menos sobre el papel, una barrera formidable.

Durante dos décadas, Caracas compró tiempo con hierro ruso, una defensa aérea escalonada y un músculo de armas ligeras para milicia y tropa. Era un mensaje de disuasión; si alguien intentaba entrar, se encontraría un cielo cerrado y un Estado armado.

Pero el 3 de enero de 2026, cuando la guerra dejó de ser amenaza televisada y se volvió madrugada real, ese arsenal ruso se enfrentó a un problema que no se compra con contratos: la superioridad tecnológica y operativa estadounidense. De hecho, Vladimir Padrino López, ministro de Defensa del régimen, apareció en cadena nacional reconociendo la supremacía de las fuerzas militares de Estados Unidos y dijo que era “inviable” usar aeronaves venezolanas.

“Yo que vi de primera mano a los pilotos listos, trajeados para salir al combate, con la supremacía aérea, pues había más de 150 aeronaves en nuestro espacio aéreo, por supuesto que era inviable sacar un avión”, señaló entonces Padrino López. Así, dio la orden de que no salieran.

Todo se desmoronó en treinta minutos.

Según el memorando legal del Departamento de Justicia, fechado el 23 de diciembre de 2025 y desclasificado parcialmente semanas después, los planificadores estadounidenses habían identificado hasta 75 posiciones de defensa antiaérea a lo largo de la ruta de aproximación a Fuerte Tiuna, el principal complejo militar de Caracas. El documento revela que «a lo largo de nuestras discusiones, nunca ha habido una sugerencia de que las fuerzas dentro de Fuerte Tiuna harán otra cosa que luchar hasta el final».

La defensa antiaérea venezolana y la destrucción de la fortaleza rusa
Fuente: El Nacional

La realidad fue muy diferente. A las 10:46 pm hora del Este del 2 de enero, Trump dio la orden de proceder. Más de 150 aeronaves -entre cazas F-22 Raptor, F-35 Lightning II, F/A-18E/F Super Hornet, bombarderos B-1B Lancer, aviones de guerra electrónica EA-18G Growler, plataformas de alerta temprana E-2D Hawkeye, drones furtivos RQ-170 Sentinel y decenas de aparatos de apoyo- despegaron desde más de 20 bases y buques de guerra repartidos por todo el hemisferio occidental. El portaviones USS Gerald R. Ford y el buque de asalto anfibio USS Iwo Jima fueron las plataformas principales de lanzamiento.

Antes de que un solo helicóptero cruzara la costa venezolana, el Comando Cibernético de EE UU (CYBERCOM) y el Comando Espacial (SPACECOM) ya habían desplegado «capas de efectos» sobre el espacio de batalla, según el general Dan Caine, presidente del Estado Mayor Conjunto. Los radares venezolanos quedaron cegados. Las comunicaciones militares, interrumpidas. Las baterías Buk-M2E, que nunca fueron camufladas ni protegidas con señuelos -un error que analistas del CSIS calificaron como resultado de «unidades que pelean como entrenan»- fueron destruidas por misiles antirradiación AGM-88 y bombas de planeo de precisión AGM-154C JSOW.

Imágenes satelitales de Airbus del 4 de enero mostraron los cráteres de impacto: pequeños y quirúrgicos, ubicados en áreas abiertas junto a las posiciones de defensa aérea, deliberadamente alejados de edificios residenciales. En La Carlota, la base aérea en pleno centro de Caracas rodeada de viviendas, los impactos se limitaron a zonas despejadas. Los cazas Su-30 y F-16 venezolanos nunca llegaron a despegar. Trump lo resumió con característica franqueza: «Teníamos un caza para cada situación posible.»

Trump también hizo referencia críptica a armamento desconocido. «Tenemos armas que nadie más conoce […] armas increíbles», declaró. En una entrevista posterior con el New York Post, mencionó un arma secreta llamada «discombobulator», que supuestamente causó desorientación entre las fuerzas defensivas venezolanas.

La portavoz de la Casa Blanca, Karoline Leavitt, compartió testimonios de personal militar venezolano que presentaba lesiones consistentes con armamento sónico.

Las luces de Caracas fueron apagadas en gran parte debido a cierta pericia que poseemos”, dijo Donald Trump en conferencia de prensa en Mar-a-Lago.

La capital venezolana, sumida en la oscuridad, fue el escenario perfecto para los Night Stalkers del 160th SOAR, cuyos helicópteros MH-60M Black Hawk y MH-47G Chinook volaron a 30 metros sobre el agua del Caribe antes de penetrar hacia Caracas.

«Fue una masacre»: el testimonio que recorrió el mundo

En las horas y días posteriores a la operación, un audio de WhatsApp en español comenzó a circular de forma viral por canales de YouTube, Threads, Facebook y grupos de mensajería en toda América Latina. La voz, atribuida al líder de un colectivo -uno de los grupos paramilitares leales al gobierno bolivariano-, describía lo ocurrido esa noche desde la perspectiva del combatiente venezolano que recibió el ataque. La portavoz de la Casa Blanca, Karoline Leavitt, amplificó una versión del testimonio en la plataforma X con las palabras: «Dejen lo que están haciendo y lean esto».

El testimonio, cuya autenticidad no ha sido verificada independientemente, pero cuyo contenido es consistente con los hechos confirmados por ambas partes, ofrece la visión más cruda disponible de lo que significó enfrentar la maquinaria militar estadounidense esa noche.

«Estábamos de guardia, pero de repente todos nuestros sistemas de radar se apagaron sin explicación alguna», relata la voz. «Lo siguiente que vimos fueron drones, muchos drones, volando sobre nuestras posiciones. No sabíamos cómo reaccionar.» Luego aparecieron los helicópteros -«apenas ocho»- con unos 20 soldados estadounidenses visibles. «Eran tecnológicamente muy avanzados… Disparaban con tal precisión y velocidad que parecía que cada soldado disparaba cientos de rondas por minuto».

Lo que vino después fue lo que el guardia describió como un arma desconocida: «Lanzaron algo… Fue como una onda de sonido muy intensa. De repente sentí como si mi cabeza explotara desde dentro. Todos empezamos a sangrar por la nariz. Algunos vomitaban sangre. Caímos al suelo, incapaces de movernos. No pudimos ni ponernos de pie después de esa arma sónica o lo que fuera.» Su conclusión fue categórica: «Fue una masacre. Nunca había visto nada parecido. Ni uno de nosotros tuvo una oportunidad».

El mensaje terminaba con una advertencia dirigida al mundo: «Estoy enviando una advertencia a cualquiera que piense que puede pelear contra Estados Unidos. No tienen idea de lo que son capaces. No son gente con la que se pueda jugar».

La defensa antiaérea venezolana y la destrucción de la fortaleza rusa
Representación gráfica del “Descombulador”, el arma secreta de Trump. / Foto: Archivo

El «Discombobulator»: el arma secreta

Trump lo mencionó por primera vez en una entrevista con el New York Post desde el Despacho Oval: «The Discombobulator. I’m not allowed to talk about it». En español: «El desorientador. No me está permitido hablar de ello. Y habló de él. «Nunca lanzaron sus cohetes. Tenían cohetes rusos y chinos, y no lanzaron ni uno solo. Llegamos, presionaron los botones y nada funcionó. Estaban completamente preparados para nosotros».

En Fort Bragg, el 13 de febrero de 2026, frente a los soldados que ejecutaron la operación, Trump volvió a referirse al arma: «Todos están tratando de descifrar por qué no funcionó. Algún día lo van a descubrir, pero no funcionó.» En entrevistas con NewsNation, lo había descrito como un «arma sónica secreta» que «nadie más tiene».

El ministro de Defensa venezolano, Vladimir Padrino López, acusó a Estados Unidos de haber usado Venezuela como «campo de pruebas para tecnologías militares avanzadas basadas en inteligencia artificial y armamento nunca antes utilizado». El Kremlin exigió detalles y anunció que Rusia abriría una investigación sobre las declaraciones de Trump.

Expertos militares ofrecen una explicación más sobria pero no menos impresionante. Lo que Trump llama «discombobulator» no sería un arma única, sino la integración de múltiples sistemas no cinéticos nunca antes desplegados de forma combinada en combate: el misil CHAMP (Counter-electronics High-powered Microwave Advanced Missile Project), un arma de pulso electromagnético capaz de freír circuitos electrónicos sin explosión, desplegada en al menos 20 unidades desde 2019 y con una versión más potente y miniaturizada -el programa HIJENKS- probada exitosamente en 2022. A esto se sumaría el LRAD (Long Range Acoustic Device), sistemas de guerra electrónica avanzada capaces de bloquear frecuencias de radar y comunicaciones, y ciberarmas como las derivadas de Stuxnet.

El efecto combinado: equipos que dejan de funcionar al presionar el botón, personal desorientado físicamente hasta el colapso y un campo de batalla controlado en su totalidad antes de que el primer operador de Delta Force ponga pie en tierra.

El costo humano: 83 muertos, una nación derrotada

Las cifras cuentan la historia de una guerra, no de una extracción. Padrino López reveló que 47 soldados venezolanos, incluyendo 9 mujeres, murieron durante la operación. Cuba recibió los restos de 32 de sus soldados y oficiales de inteligencia, entre ellos el Coronel Humberto Roca, antiguo responsable de la seguridad personal de Fidel Castro. Diosdado Cabello elevó la cifra total a 100 muertos. Padrino López confirmó 83. En Catia La Mar, un misil antirradiación AGM-88 impactó un edificio residencial de tres piso. Mató a una persona e hirió gravemente a otra; Bellingcat identificó los restos del proyectil.

La presidenta interina, Delcy Rodríguez, declaró siete días de duelo nacional por los soldados caídos.

«Vamos a dirigir Venezuela»: la ocupación de quinta generación

Lo que siguió a la operación militar fue tan extraordinario como la propia operación. En la conferencia de prensa de Mar-a-Lago, Trump no dejó margen a la ambigüedad: Estados Unidos «va a dirigir» Venezuela hasta que se produzca una transición, con especial énfasis en que las petroleras estadounidenses gestionen la industria petrolera nacionalizada del país.

El modelo que se ha configurado no tiene precedente directo en la historia de las intervenciones estadounidenses. No hay marines patrullando las calles de Caracas. No hay zona verde. No hay gobernador militar. Lo que hay es algo que analistas de Brookings, el CSIS y otras instituciones han comenzado a describir con cautela como un sistema de control remoto: la administración Trump dejó deliberadamente intacta la estructura gubernamental chavista -incluyendo a la vicepresidenta Delcy Rodríguez, al ministro de Defensa Padrino López y a la cadena de mando militar- y ahora opera a través de ella.

Cuando el secretario de Estado norteamericano, Marco Rubio, estableció contacto telefónico con Rodríguez horas después de la operación, Trump reveló que la vicepresidenta le había dicho al funcionario que «haría lo que EE UU pidiera», añadiendo que ella fue «graciosa» pero que «realmente no tiene opción».

Epílogo: Rendición, ocupación y el modelo Hirohito

El paralelo histórico más preciso para lo ocurrido en Venezuela no es Panamá en 1989, ni Irak en 2003, ni Libia en 2011. Es Japón en 1945. Cuando Japón se rindió, Estados Unidos no destituyó al emperador Hirohito. Lo mantuvo en el trono -despojado de poder real pero investido de legitimidad simbólica- mientras Washington controlaba la reconstrucción del país, reescribía su Constitución y remodelaba su economía. El modelo funcionó: Japón pasó de enemigo derrotado a aliado estratégico sin el caos de un vacío de poder.

En Venezuela, el patrón se repite con precisión inquietante. Delcy Rodríguez fue juramentada como presidenta interina el 5 de enero. No fue destituida. No fue reemplazada por la oposición. Fue domesticada. Eso es una rendición. No declarada formalmente, no firmada en la cubierta de un acorazado, pero tan real y tan vinculante como la del USS Missouri en la Bahía de Tokio el 2 de septiembre de 1945.

Diosdado Cabello prometió una guerra de 100años. Maduro declaró que convertiría a Venezuela en una «república en armas» y movilizaría 4,5 millones de milicianos. La Operación Independencia 200 activó 284 «frentes de batalla». Se prepararon. Estaban listos. Y la guerra más corta del hemisferio occidental duró lo que dura un vuelo de Caracas a Margarita.

El 3 de enero de 2026, un conflicto de menos de tres horas cambió el mapa geopolítico de América Latina. No hubo declaración de guerra. No hubo autorización del Congreso. No hubo resolución del Consejo de Seguridad de la ONU. Hubo 150 aviones, 200 operadores de Delta Force, drones furtivos, guerra cibernética, armas nunca antes vistas, un piloto de Chinook herido tres veces que se negó a caer y un presidente observando en tiempo real desde su resort en Palm Beach.

Seis semanas después, mientras el secretario de Energía, Chris Wright, brindaba con Delcy Rodríguez en Miraflores y declaraba «¡Viva Venezuela!», Trump desde Fort Bragg anunciaba una Medalla de Honor para uno de los soldados, la pregunta que resuena por toda América Latina es tan simple como inquietante: ¿quién es el próximo?

Pero las diferencias, como los cráteres de las bombas en La Carlota, ya fueron superadas. Por la fuerza. Y la guerra de los cien años terminó en 2 horas y 45 minutos. Venezuela comienza una nueva etapa.

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