Las estrategias del hambre en Venezuela

Las estrategias del hambre en Venezuela

Lo real es que el miedo sigue allí, que los presos siguen presos, que los perseguidos no han dejado de serlo y que el hambre es cada día más acuciante. La estrategia del hambre se mantiene intacta.

Miguel Henrique Otero / EL NACIONAL

No es posible pensar a fondo el creciente y cada vez más profundo empobrecimiento que padecen hoy millones de familias venezolanas, sin remitirnos a las atrocidades que el totalitarismo protagonizó en el siglo XX. 

Aunque los hechos de la dictadura comunista de Stalin en la Unión Soviética o los de la dictadura comunista de Mao en China nos parezcan lejanos en el tiempo y en lo geográfico, una primera aproximación a estas cuestiones mostrará que las lógicas de esas dos experiencias totalitarias son semejantes a las que han conducido a la devastación de la vida cotidiana en todo el territorio.

En 1929, Stalin ordenó iniciar un proceso de colectivización de las tierras. Millones de familias campesinas fueron estigmatizadas como capitalistas y enemigos del pueblo, perseguidas, desalojadas de sus tierras y, en cientos de miles de casos, salvajemente asesinadas. Dos años después, en 1931, el hambre se enseñoreaba en las estepas de Ucrania. A finales de 1934, más de cuatro millones de ucranianos y más de un millón de rusos habían muerto de hambre.

Increíblemente, a la que hoy conocemos como la hambruna roja le seguiría un capítulo todavía más monstruoso: también obsesionado por tomar el control total de la producción, entre 1958 y 1962 cuarenta y cinco millones de personas (sí, nada menos que 45 millones de seres humanos), fallecieron como resultado de la acción interconectada e implacable del hambre, los trabajos forzados y la violencia de la dictadura de Mao en contra de obreros y campesinos.

¿Qué tuvieron en común aquellos cruentos e inhumanos capítulos del horror totalitario? En primer lugar, que ambos dictadores se proponían el control absoluto y sin resquicios, no solo de la sociedad en sus dimensiones públicas, sino también de lo que pertenecía a la esfera privada: se propusieron alcanzar y controlar incluso el pensamiento y los sentimientos de cada persona.

De acuerdo con las estimaciones más conservadores, al menos dos de cada tres dólares de los ingresos del país por la venta de petróleo, a lo largo de casi veintiocho años, han desaparecido en los múltiples laberintos de la corrupción del chavismo y del madurismo

Pero allí no acababa todo: tomaron la propiedad de empresas, de viviendas, de tierras y de la producción: la devastación que vino de inmediato fue vertiginosa, feroz y de consecuencias más allá de lo imaginable.

Ese es el influjo, el de controlar cada milímetro de la realidad, que inspiró al castrismo y que convirtió cada aspecto de la vida cotidiana de Cuba en un estado crónico de carestía; es el influjo que arrasó con las economías de Europa del Este, mientras estuvieron sometidas al control del Kremlin y del Partido Comunista Ruso; es el influjo que ha impulsado a la dictadura de Chávez y Maduro a un extenuante proceso de intervencionismo en la economía, cuyos resultados son inequívocos: destrucción de empresas y comercios; destrucción de cadenas completas de servicios; destrucción de millones de puestos de trabajo; ruina total de las empresas del Estado, incluyendo en ello a una parte importante de la industria petrolera y a casi la totalidad de las corporaciones mineras.

En la Rusia de Stalin, en la China de Mao, en la Cuba del castrismo y en la Venezuela de Chávez y Maduro, como si se tratase de fenómenos únicos e indivisibles, la destrucción de la propiedad se produjo asociada a la corrupción, por una parte, y a la violación de sistemática de los derechos humanos y la erradicación de las libertades políticas y de expresión, por la otra.

Aciertan los estudiosos de los llamados neo totalitarismos, cuando señalan que la particularidad de Venezuela con respecto a otras dictaduras es la magnitud astronómica de la corrupción, que supera hasta los más extremos cálculos. De acuerdo con las estimaciones más conservadores, al menos dos de cada tres dólares de los ingresos del país por la venta de petróleo, a lo largo de casi veintiocho años, han desaparecido en los múltiples laberintos de la corrupción del chavismo y del madurismo. Los cálculos de otros son todavía peores: tres de cada cuatro.

El resultado de todo ello, palpable metro a metro en la Venezuela de hoy, es una inflación asfixiante, una sociedad hambrienta, enferma y empobrecida, un país doblegado por los precios y la destrucción de los servicios públicos.

Desde aproximadamente 2004, en repetidas ocasiones, en Venezuela se ha debatido si el brutal empobrecimiento del país es el producto de una confluencia de factores desafortunados, entre ellos, la designación en cargos de responsabilidad a ignorantes, incompetentes y ladrones, que han rebajado la función pública a una madeja de podredumbre y complicidades, o si es el resultado de un diseño, un propósito: el de conducir a los ciudadanos y a sus familias a un estado de indefensión, dependencia del Estado y de parálisis política: el que proteste o disienta de la narcodictadura, simplemente pierde la oportunidad de adquirir una bolsa de alimentos baratos y en mal estado.

Estoy entre los que sostienen que la estrategia de “control por carestía” es absolutamente deliberada. El poder rechaza las movilizaciones, las protestas, las denuncias, las reuniones de los ciudadanos y sus organizaciones. La dictadura aspira al sometimiento y la dominación total. En el vínculo de los funcionarios con los ciudadanos nada es más recurrente que la amenaza: “quédate en tu casa, haz silencio, no reclames. Solo así podrás conseguir algún apoyo del Estado a tu necesidad”.

Así estaban las cosas el 3 de enero. Tras la captura de los delincuentes Maduro y Flores, la sociedad experimentó un intenso y súbito aumento de la esperanza, tanto del desenvolvimiento del flujo económico corriente (aumento del empleo, precios accesibles, apoyo y créditos para el emprendimiento), como del libre ejercicio de las libertades políticas (liberación de los presos políticos, eliminación de leyes y prácticas de persecución y censura, reapertura de los medios de comunicación que han sido cerrados a lo largo de los años, regreso al país de los exiliados y perseguidos políticos).

Con el paso de las semanas y los meses, las expectativas se han desinflado y un hondo malestar se ha instalado en los hogares de los venezolanos. En un plano se habla de apertura y cambios en los ámbitos petroleros y de la minería. Pero se trata de promesas o ejecutorias ajenas a la dura y hostil realidad de todos los días. Lo real es que el miedo sigue allí, que los presos siguen presos, que los perseguidos no han dejado de serlo y que el hambre es cada día más acuciante. Quiero decir: la estrategia del hambre se mantiene intacta.

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