Madre de Enoc se refugia en la justicia española: En Honduras “un día más de búsqueda les da igual, a mí no”

Cortesía de El Heraldo: [https://www.elheraldo.hn/minisitios/hondurenosenelmundo/1398760-471/madre-de-enoc-se-refugia-en-la-justicia-espa%C3%B1ola-en-honduras-un]

Agosto 05 del 2020

 

TEGUCIGALPA, HONDURAS.- El oso de peluche al que acostumbraba a abrazar para dormir aún yace sobre su cama, al costado está el balón con el que practicaba fútbol, una almohada y un cojín de su equipo favorito, el Real Madrid.

La cama quedó tendida, como solía mantenerla todos los días después de levantarse a las 7:30 de la mañana para ir al colegio Rafael Alberti, ubicado a solo unos metros del apartamento donde vive él, su tía, su mamá y su padrastro.

En su cuarto todo sigue intacto: las cortinas con dibujos de estrellas colocadas en las ventanas, el mesón donde guarda sus vehículos todoterreno de juguete y un sombrero negro que cubre la tulipa de una lámpara de noche.

El pequeño dormitorio guarda todas las pertenencias de Enoc Misael Pérez Chinchilla, pero también alberga la esperanza de su madre, Karina, por encontrarlo lo antes posible para volver a sentir cada noche la calidez de sus palabras al desearle un apetecible sueño.

Ya han pasado ocho meses desde que pudo escuchar a su hijo por última vez. Karina recuerda ese 2 de diciembre de 2019 como uno de los más tristes de su vida, porque seguramente cuando Enoc le dijo a través de una llamada “estoy bien”, estaba siendo amedrentado para que nadie sospechara lo que realmente ocurría en la casa de su abuelo.

Karina intenta trazar los hechos, pero nada tiene sentido. Lo único que piensa es que ella se encuentra en Badalona, Barcelona, España, y su hijo está desaparecido en su natal Honduras, a más de 8,700 kilómetros de distancia.

El niño, de 12 años, estaba de vacaciones en casa de sus abuelos paternos en la comunidad de Campo Elvir, en Tela, un municipio del departamento de Atlántida. Tenía dos semanas de haber llegado a Honduras y esperaba retornar a España, junto a su madre, a inicios de enero de 2020.

Sus días estaban llenos de nuevas experiencias, pero en algunos, como el 2 de diciembre, tenía una rutina para poder aprovechar cada momento en la tierra que lo vio nacer.

Como cada noche, el día anterior Enoc se quedó a dormir en casa de su tía Ani Pérez, hermana del papá de Enoc. Por la mañana ella se preparaba para ir al trabajo, mientras que el niño se quedaba a dormir hasta las 10 u 11:00 de la mañana.

Ese día Enoc despertó a las 11:00 am; como era costumbre lo primero que hizo fue escribirle vía WhatsApp a su tía para decirle que la pila de la casa se encontraba llena, pues la noche anterior se había registrado una fuerte lluvia.

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En los hogares hondureños es común que los canales de las casas desemboquen en las pilas, pues hay regiones donde el agua es escasa y la lluvia es un alivio. Eso pensó Ani en ese momento y fue lo mismo que le contestó a su sobrino en el texto que respondió.

Al informar a su tía sobre la casa, Enoc siguió su camino hacia donde su abuelo Arturo Pérez, donde según Ani ya estaban las personas que “nos hicieron el mal”, pues los análisis forenses revelan que las víctimas habían sido asesinadas muchas horas antes de encontrar los cadáveres.

En la casa también estaba Cindy Castro, una joven de 21 años que se encargaba de hacer el aseo y de cuidar del menor, al menos hasta la 5:00 de la tarde.

La joven, quien era vecina de la familia, recibía una remuneración económica para realizar los quehaceres y cuidar al pequeño Enoc. “Ella se encargaba de hacerle comida y de estar pendiente de que el niño tuviera sus cositas limpias, su ropa y todo organizado”, contó Ani.

La tía de Enoc, quien cada noche dormía en la misma cama que el pequeño, tenía constantemente comunicación con él a través de mensajes de texto o llamadas, pero ese 2 de diciembre las respuestas tardaron más de lo normal.

“Ese día él tenía clases de fútbol, iba de la casa a la cancha. Él me dijo que iba a las clases de fútbol y que su abuelito lo había ido a dejar y que me escribía al salir”, recordó con firmeza mientras se quejaba de la cantidad de veces que había contado esa historia a las autoridades que investigan el caso.

Según los textos que Ani recibió, el niño asistió a su entrenamiento y luego regresó a la casa de su abuelo en compañía de unos amigos.

Cindy debía dejar esa noche a Enoc en la casa de tía Ani, a solicitud de ella misma ya que Ani salía de trabajar entre las 6:00 y 6:30 de la noche. Incluso, Ani le pidió que dejara a su hijo de seis años porque también lo cuidaba.

Por cosas de la vida o simplemente planes de Dios, como ella misma dijo, ese día su hijo no se quedó en casa de su abuelo después de salir de la escuela sino que su expareja decidió cuidarlo.

“Cuando yo llego de mi trabajo me encuentro con el papá del niño. Él se va para su casa y yo quedo con el mío allí, yo me entretengo con el niño haciendo unas tareas, pero siempre estoy pendiente de Enoc llamándolo y no me contestaba”, relató.

Ani intentó contactarse varias veces con su sobrino para saber por qué no estaba en su casa, pero no tuvo respuesta hasta horas después. Fue el padre de Enoc, quien vive en los Estados Unidos, quien pudo -después de varias llamadas- comunicarse con él a las 8:00 de la noche.

Minutos más tarde Ani también recibió una llamada por parte de su sobrino, quien le aseguró, con voz pasiva y tranquila, que tenía el teléfono cargando y que él estaba en el patio de la casa comiendo lichas, una fruta exótica que en otros países es conocida como rambután.

Sin pensar que Enoc probablemente era obligado a mentir, le creyó fácilmente porque su padre cosechaba de esa exquisita fruta, que solo crece en países con climas tropicales, como Honduras.

En ese momento el reloj casi marcaba las 9:00 de la noche. Enoc aseguró a Ani que su abuelo dormía y que él también iría a descansar. “Descanse usted con el niño abajo. Pase feliz noche”, le dijo. Esas fueran las últimas palabras que ella escuchó de su sobrino y que recuerda como si hubiese sido ayer.

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En algunas casas de la comunidad Campo Elvir aún hay panfletos con la fotografía de Enoc. Su familia no pierde la esperanza de encontrarlo sano y salvo.

Esa noche no hubo lluvia. El clima en Tela era una mezcla entre la brisa del mar y el calor costero, pero en la madrugada la temperatura aumentó al punto que el viento cálido se colaba por las ventanas.

Con la tranquilidad de que su sobrino estaba bien, Ani decidió descansar, o eso intentó antes de que a medianoche recibiera una llamada de doña María, abuela materna de Enoc, quien preguntaba de forma desesperada por “Lalo”, tío del menor.

Su nombre era Israel Ramos, un hombre de 41 años, quien trabajaba como albañil. Ese 2 de diciembre “Lalo”, como le decían de cariño, había salido temprano a recoger un dinero que su hermana le había enviado para el pago de Cindy.

Nunca regresó a casa. Su madre pensó que estaba en casa de don Arturo por lo que pidió a Ani que la acompañara. Esa madrugada ambas mujeres, junto a otros vecinos, llegaron a la vivienda. Tocaron las puertas, gritaron, volvieron a tocar las puertas y también las ventanas, pero nadie salió.

En la cálida noche solo escuchaban el sonido de los ventiladores. Pensaron que dormían, entonces volvieron a la casa de Ani.

Martillada por la preocupación, doña María decidió desviarse e ir a la casa de Cindy para preguntarle si había visto a “Lalo”, pero cuando se enteró de que la joven había avisado que se quedaría donde trabajaba porque Enoc debía despertar temprano para recibir sus clases de inglés, su temor ya comenzó a hacer efecto en su cuerpo: sus manos temblaban y su corazón palpitaba tan rápido que se delataba con solo ver su pecho.

Doña María se comunicó nuevamente con Ani, quien inmediatamente llamó a todas las personas que estaban en la casa: Cindy, don Arturo, Enoc y “Lalo”, pero ninguno contestó. Ya casi eran las 2:00 de la madrugada cuando otra vez fueron a tocar las puertas de la casa de don Arturo.

“´Papá, Enoc, papá, Enoc´, decíamos a gritos. Nunca como familia nos imaginamos una tragedia tan grande como nos pasó”, contó con su voz decaída, pensando seguramente en la dantesca escena que le tocó ver.

La puerta de la casa seguía cerrada, nadie abrió. Ani y doña María intentaron crear versiones de lo que estaba pasando. Pensaron que seguramente dormían o que don Arturo y “Lalo” pudieron haber salido por unos tragos. Pensaron en todo menos en que ya estaban muertos.

Con el temor de la oscuridad, nuevamente volvieron a sus viviendas. Acordaron que regresarían cuando la luz del sol les avisara que un nuevo día comenzaba. Así fue. A las 6:00 de la mañana del 3 de diciembre se reunieron otra vez en la casa de don Arturo, nuevamente nadie contestó.

“Hágame el favor de botar esta puerta”, pidió Ani a su expareja, quien había acompañado a ambas mujeres a la vivienda. Así lo hizo, la golpeó con tanta fuerza que la puerta se tambaleó y dejó ver el terror que había dentro.

Los cojines de los muebles estaban tirados en el suelo, los asientos desordenados y en un punto de la sala encontraron la gorra que “Lalo” usó un día antes. Con lágrimas en sus ojos doña María la identificó, pero en su corazón guardaba la esperanza de que su hijo estuviera bien, pese a que la casa estaba completamente llena de sangre.

El crimen fue tan planificado que los perpetradores tuvieron tiempo de limpiar algunos rastros de sangre de las paredes y del piso. Tomaron toallas, cameras, cobijas, cloro y todo lo que encontraron a su paso para que no se observaran charcos de sangre.

“Donde más había sangre era en el cuarto de mi papá, yo me imagino que o tuvieron en su cuarto y lo terminaron de matar allí”, concluyó Ani. Don Arturo guardaba en su cuarto el dinero, las armas y el resto de sus pertenencias; todo se lo llevaron los malhechores.

Ani se encontraba en la recámara de su padre cuando doña María gritó de forma incontenible “venga a ver”; ella estaba en la parte de atrás de la vivienda que colinda con el solar de un vecino.

El terreno estaba cubierto por el zacate, pero a lo largo se miraban dos entradas recientes, como si algo había sido arrastrado hasta allí. Estaban a pocos metros una de la otra. Ninguna se atrevió a ir, solo se les ocurrió llamar inmediatamente al 911.

Cuando el Sistema Nacional de Emergencias respondió, Ani reportó a cuatro personas desaparecidas, sin embargo, minutos más tarde cuando llegaron otros vecinos el número se redujo a dos. En las dos entradas que había en las zacateras estaba el cuerpo de “Lalo” y el de don Arturo, al último intentaron enterrarlo, pero no pudieron.

A la casa llegaron miembros de la Dirección Policial de Investigaciones (DPI), quienes encabezaron las indagaciones sobre el suceso. El caso pasó a manos de la Fiscalía de Tela y la Unidad Antisecuestro del Ministerio Público.

De acuerdo con la misma institución, la Fiscalía Especializada de Delitos Contra la Vida de San Pedro Sula también realiza, hasta la fecha, las pesquisas del caso.

No hay fe en la justicia hondureña

Cuando Karina se enteró que su hijo estaba secuestrado no dudó en venir. Miró su permiso de residencia, tomó una maleta, compró un boleto de avión y arribó en el Aeropuerto Ramón Villeda Morales de San Pedro Sula. Desde allí emprendió un viaje vía terrestre hasta Tela.

Fue un 5 de diciembre de 2019, tres días después de perder a su hermano, a su exsuegro y de no saber nada de su hijo y la mujer que lo cuidaba a diario, que llegó a la casa donde estuvo su pequeño por última vez.

Ese mismo día la Policía reveló detalles sobre el crimen e informó de la detención de Bayron Meléndez, quien fue catalogado como uno de los autores de un caso donde “algo se complicó”, según dijo el mismo jefe de la DPI, Evelio Burgos.

Aparentemente, el hombre de 29 años, quien supuestamente ha trabajado para Los Zetas (un cartel de la droga mexicano), participó en lo que sería solo un secuestro, pero que al final del día terminó con la vida de tres personas, según declaraciones de Burgos recogidas por El País de España.

Esa mañana Meléndez llegó junto a otras personas a la casa de don Arturo, pensó que el abuelo de Enoc dormía, pero no se percató que el hombre escuchó que alguien había entrado a la casa. Don Arturo fue atacado a disparos pero, según la DPI, murió asfixiado con un cordón de zapatos.

Horas más tarde “Lalo” llegó a la vivienda de don Arturo con el dinero del pago de Cindy, pero también fue sorprendido por los malhechores con un golpe en la cabeza. Eso provocó su muerte.

La familia de Enoc confirmó a este medio que la Policía Nacional también les transmitió la versión publicada por el medio español.

El cuerpo de Cindy fue hallado dos días después en una zona de Lancetilla. Las primeras investigaciones señalaban que ella estaba coludida con Meléndez, pero que fue asesinada porque habría intentado delatarlos.

Esta última información no pudo ser constatada, ya que cuando se le consultó al suboficial Castañeda, encargado de la DPI en Tela, dijo “no tener mucho conocimiento del caso”, porque era nuevo en el cargo.

Desde aquel 2 de diciembre de 2019 ya han pasado ocho meses y dos días, pero la información que las autoridades comparten con la familia sigue siendo la misma. Incluso, cuando el secuestro recién había ocurrido, Karina no confió en lo que hacían y ella misma encabezó la búsqueda de su hijo.

Tomó un machete, se puso unas botas de hule y comenzó a caminar hacia las zonas boscosas que rodean su comunidad. Lo buscó hasta donde el corazón le indicaba que podía estar, pero no tuvo respuesta.

“Yo recién llegada estaba bastante despistada. Anduvimos en las montañas buscando en algunos sectores que colindan con Campo Elvir”, recordó.

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Enoc Chinchilla, de 12 años de edad, le dijo a su madre que quería ser arquitecto, sueño que ella espera poder cumplir.

Sus vecinos la ayudaron. La acompañaban por los solitarios caminos de las montañas y también trataban de alentarla en su dolor, aunque ella siempre se mostraba muy fuerte. De día o de noche, no le importó que su comunidad fuera catalogada como “zona roja”, por la actividad de una de las maras más peligrosas de Centroamérica: La Salvatrucha.

E incluso en algún momento pensó en dejar los trámites de su ciudadanía del lado para no volver a España, pero el 10 de marzo de 2020 decidió retornar para concluir el papeleo. En ese momento ella no pensó en la esperanza que eso podía significar, simplemente quería abrazar a aquel pequeño niño de tes trigueña y cabello lacio, su hijo.

 

 

Las autoridades españolas sabían de la desaparición de Enoc, de lo que Karina seguía viviendo, pero la única forma de ayudar era agilizar su proceso de ciudadanía. El 28 de julio, cinco días antes de que se cumplieran ocho meses del secuestro del menor, fue notificada sobre su nuevo estatus.

Ese día, en su rostro se volvió a dibujar una sonrisa, y no por el documento que la acreditaba como ciudadana sino por los derechos que desde entonces había adquirido. Pensó en volver lo antes posible a Honduras, pero no sola sino con ayuda de la Policía española.

“Como yo soy ciudadana me podrían dar apoyo para enlazar con las autoridades en Honduras. El abogado me ha dicho que como soy nacionalizada tengo todo el derecho que me ayuden con la búsqueda del niño”, dijo.

 

 

Aunque aún realiza varios trámites legales, lo que ella espera es que un equipo especializado en estos casos en España viaje hasta su natal Tela para poder colaborar con las autoridades hondureñas en la búsqueda de su hijo Enoc.

“(En Honduras) se están tomando este caso con paciencia, no están poniendo de su parte, para ellos un día más les da igual, pero para mí no”, justificó.

Lorena Cálix, vocera del Ministerio Público, aseguró que “no se ha descansado un solo día en tener la información y la investigación de esta desaparición. Hay un grupo multidisciplinario e interdisciplinario aglutinado alrededor de estos hechos tratando de dar con el paradero del niño”.

La también abogada dijo que alrededor del caso hay una segunda persona detenida, quien sin haber estado involucrado en el secuestro intentó aprovecharse de la situación para extorsionar a la familia.

Sin dar mayores detalles, Cálix aseguró que aún continúan en la ubicación del pequeño, de quien su madre tiene la certeza que sigue vivo, especialmente porque, sin especificarle el lugar, varias personas afirman haberlo visto.

Para Karina eso significa esperanza, significa la ilusión de poder recuperar a su hijo, de escucharlo nuevamente y ayudarlo a cumplir el sueño de ser arquitecto, aunque sea lejos de la patria que lo arrulló cuando apenas era un bebé.

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